martes, 30 de junio de 2015
Adiós, Calipso
jueves, 20 de septiembre de 2012
Morralla virtual
Metemos el texto entre comillas en el buscador de google, le damos a buscar y... voilá! Nada más y nada menos que 137000 resultados (que ahora serán 137001). Miles de páginas de biografías o similares que han copiado sin delicadeza alguna el texto tal cual de otra web, sea Wikipedia u otra. En fin, si a algún lector le parecen pocos resultados 137000 yo ya abandono el blog y me dedico a la cría del escarabajo de la patata.
lunes, 3 de septiembre de 2012
Depresión posvacacional
martes, 21 de agosto de 2012
Extremismos publicitarios
sábado, 4 de agosto de 2012
Pasión nacional forzada
viernes, 27 de julio de 2012
Reto de acrósticos
Como en todo reto que se precie hay un premio (además de la propia satisfacción personal de haber construido este complejo recurso literario), y es un diploma conmemorativo y personalizado que, por supuesto, yo ya tengo. Aquí lo tenéis:
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sábado, 21 de julio de 2012
Cercenaduras educativas
lunes, 16 de julio de 2012
Yo reciclo, tú reciclas, ¿él recicla?
martes, 10 de julio de 2012
Las consecuencias de la fama
lunes, 2 de julio de 2012
Españoles por...
sábado, 30 de junio de 2012
Retomando el timón...
Asimismo he decidido compartir el escaso talento que a veces asoma por mi mente con otro blog, Café de Menta, un blog donde cabe todo (hasta mis asiduos disparates) y al que espero le concedáis una oportunidad de ser visualizado en vuestro monitor. Libros, películas, música, juegos,... todo vale. Os espero, mis fieles navegantes, tanto en el viejo Navegando con Odiseo como en el recién nacido pero con ganas de comerse el mundo Café de Menta. ¡Vamos, rumbo a Ítaca!
sábado, 4 de septiembre de 2010
Empresas y empresuchas
Tras un siempre breve periodo estival donde reinó la inactividad bloguera en nuestra travesía hacia Ítaca me dispongo con fuerzas en apariencia renovadas a retomar mis humildes ensayos en este, como yo lo llamo, blog de autor. Y no podría emprender de nuevo mi odisea sin previamente agradecerte, querido lector, que durante alguno de estos sesenta y dos días de meses veraniegos hayas hojeado estas páginas virtuales e incluso haya caído como del cielo algún bienvenido comentario. Desde estas líneas mi más sincero agradecimiento y mis deseos de seguir contando contigo en mi tripulación.
Por motivos con los que no pretendo aburrir a mis lectores debo admitir que esa inactividad estival se reduce exclusivamente a mi vida virtual, no a la laboral ni a la personal. Y es que, por temas de lo más variopinto, me he visto en la obligación de tratar, contratar y trabajar con un amplio número de profesionales de un extenso abanico de actividades. Compras, servicios, obras, no ha faltado de nada en estos dos meses en mi domicilio, y el motivo de mi texto es expresar a los cuatro vientos mi tremenda insatisfacción con la mayoría de estos que inmerecidamente se hacen llamar profesionales.
Pero no sufran, no es mi intención provocar sus inequívocos bostezos a través de mis batallitas, heroicidades y canalladas con estos colectivos. Mi única intención es invitarles a reflexionar sobre la archiconocida y archimencionada pequeña empresa, o empresuchas, que aunque debieran ser sinónimos, espero se capte el tono despectivo de esta última denominación. Y antes de que pasen ustedes al siguiente párrafo confío en aclarar que siento profundo respeto por las cosas bien hechas y que cualquier generalización que haga en las postreras líneas no olvida a las escasas y valoradas ovejas blancas que de vez en cuando asoman la cabeza entre los inmensos rebaños de ovejas negras.
En ocasiones mi limitada mente no alcanza a comprender cómo, especialmente en estos tiempos de aguda crisis, los funambulitas comerciantes abandonan por completo esa crucial parte del vaivén empresarial que la adquisición y mantenimiento de la clientela. Actos infames y fácilmente evitables y enmendables hacen pensar que al sobrado gerente de la empresa no-se-qué le da de lado el rechazar un cliente. Ya son muchas las empresas y particulares a los que este verano he despachado definitivamente, y no sin motivo, pues a la mayoría de ellas las hubiera mandado a paseo solamente con una cuarta parte de las faenas que recibí de ellos.
Únicamente soy capaz de contemplar dos posibilidades para este extraño comportamiento. Una es el excesivo corto plazo con el que se trabaja actualmente. Si hoy, con esta chapuza, me ahorro diez euros, me la suda que mañana no vengas a mí a gastarte cien. Opinión esta muy práctica para poder irme de copas esta noche pero quizá el mes que viene no tenga para poner un plato en la mesa.
La otra posibilidad es que yo y mi rencor seamos un bicho raro en este extraño mundo y lo usual sea que la gente olvide con celeridad las putadas recibidas y recurra una y otra vez al mismo grupo de incompetentes que meses antes le produjeron aquel profundo disgusto. Bien se dice que el hombre es el único ser que tropieza dos veces en la misma piedra, mas creo que estos dichos populares quedan muy bien en ocasiones puntuales pero no deben ser la tónica general que rija nuestras vidas. Sin ir más lejos un servidor tiene vetados más de una veintena de centros comerciales de mi ciudad por notables insatisfacciones con ellos.
Para terminar paradójicamente esta entrada inaugural del nuevo curso mando un mensaje de apoyo y admiración a la pequeña empresa. Aunque no lo parezca, siempre me han gustado, siempre he preferido el pequeño local donde se puede tener un trato más personal y personalizado que las inmensas moles donde tienes desde patatas fritas hasta impresoras láser. Por eso espero y deseo que vivan, que sigan dando guerra, que no permitan que las megasuperficies comerciales acaben con ellos, pero que, por favor, nunca olviden que su principal arma contra ellas es y será el trato cortés, afable y comprensivo ante su selecta clientela.
viernes, 28 de mayo de 2010
Acrósticos
acrósticos. Ya saben, esas composiciones en las que con la inicial de cada línea puede
verse un mensaje oculto. Quizá recuerden cómo don Fernando de Rojas nos dejó
escrito en forma acróstica su identificación como autor de su Celestina. Me resulta una
genial manera de incluir en un texto palabras que nadie sea capaz de leer, salvo
aquellos cuya retorcida mente les haga indagar en ciertos rincones de la obra donde
nadie más alcanza a vislumbrar. También es frecuente encontrar estos elementos en
determinados filmes en los que la pobre víctima debe pedir ayuda sin que se percate el
opresor de turno. Eso sí, es encomiable la capacidad del tenso secuestrado para lograr,
cuando su vida peligra, encadenar precisas palabras para poder transmitir el mensaje
oculto a su ansiado salvador. Cosas del cine, mas admito que cuando comienzo una
novela o cualquier otro texo tengo la inevitable costumbre, por si acaso, de empezar
ojeando las iniciales de cada renglón. Pero olvidando las fantasías del séptimo arte, no
deja de ser un curioso divertimento la intromisión de estas sutilezas. Así, les animo a
intentar pensar una breve frase y la forma más elegante y literaria de camuflarla en un
sencillo texto. Yo, por mi parte, invito a mis fieles lectores a leer verticalmente esta
escueta entrada, al menos las iniciales de cada línea, y verán cómo les estoy
obsequiando con el nombre de este modesto blog.
PD: Confío en que el experimento haya sido un éxito, al menos mi computadora así lo refleja. En cualquier caso, si por temas de la configuración de su ordenador, las frases se cortaran en lugares diferentes a donde yo pretendía, les pido perdón por los valiosos minutos robados y ruego no me lo tengan en cuenta.
domingo, 23 de mayo de 2010
Vertiginosa ciencia
“Hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad”, reza la divertida zarzuela La verbena de la paloma, y qué razón tenía. Y eso que estamos hablando de palabras escritas a finales del siglo diecinueve, es decir, hace más de cien años. Si tuviéramos que describir el avance de la ciencia a día de hoy nos faltaría vocablos para hacernos eco de la grandiosidad de dichas innovaciones. Y esto no cesa, seguro que nadie duda que dentro de un lustro nos dejarán con la boca abierta con asombrosas, impensables y espectaculares novedades. Nadie, como yo, nacido hace tres décadas pensó en su infancia que a través de un ordenador podría comunicarse con todo el planeta, o que podríamos hablar por teléfono con cualquiera sin estar apalancado al lado de nuestra toma de teléfono. Por no hablar de poder transportar discografías íntegras de nuestros ídolos musicales en envases de escasos centímetros, acostumbrados antaño a los engorrosos aunque entrañables vinilos.
¿Y cómo voy yo, hombre de ciencias donde los haya, a quejarme o a difamar acerca de estas maravillas de la tecnología? No vamos a negar que, como todo en esta vida, tienen su lado oscuro, su parte negativa cuando el uso que se hace de ellas no es el adecuado. En cualquier caso no es mi objetivo hoy entrar en el correcto o erróneo uso que se haga de estos avances. Mi queja va referida a la ausencia de inventos aún por inventar que se me antojan mucho más necesarios que muchos de los prescindibles aparatos actuales. Especialmente porque me cuesta creer que cabezas humanas tan fructíferas y prolíficas no orienten sus esfuerzos a causas más solidarias.
Dudo ser la única persona que esté convencida de que si se han podido crear máquinas tan extravagantes y asombrosas como las que vemos día sí, día también en la calle, se deberían haber fabricado, por ejemplo, medios de transporte con índices de contaminación nulos. Bien es verdad que cada cierto periodo de tiempo oímos hablar de coches eléctricos o que son capaces de llevarte de Valencia a Bilbao con medio litro de agua, pero la realidad es que tanto tu coche, amable lector, como el mío, no funcionan sin una generosa carga de combustibles siempre derivados del petróleo, y muy posiblemente los coches de tus hijos y los míos sigan el mismo mecanismo. También da que pensar que queden tantas importantes enfermedades sin que nadie haya logrado idear una vacuna efectiva ante ellas. Por no hablar de soluciones convincentes para los serios problemas que pueden tener personas con las más diversas discapacidades.
La respuesta a estas innumerables preguntas acerca del enfoque de los avances científicos la tiene, como siempre, el poderoso caballero don dinero. Por un lado, qué les voy a descubrir, las grandes empresas subvencionan los proyectos que a la postre conocen que todos los individuos empeñados en ir a la moda o en no ser menos que su vecino comprarán, usarán y recomendarán. Esos miles de euros que les pueda suponer la inversión para la nueva creación se transformarán en millones cuando el producto esté en todos los escaparates y la gente se pelee por tener el último modelo. Las ganancias serán descomunales, muy superiores a las que obtendrían financiando cualquier tipo de estudio sobre formas de mejorar nuestro medio ambiente o esas cosas tan bonitas para los cuentos infantiles pero tan poco productivas para ellas.
Pero aún hay más. En determinados casos es la poderosa empresa quien, después de que un científico loco se haya pasado media vida buscando soluciones contra el deterioro de nuestro entorno, se encargue de que ese proyecto no vea la luz, al menos de momento. O si no, díganme ustedes qué sería de las grandes empresas petroleras si de la noche a la mañana apareciera un nuevo modelo de automóvil que funcionara con agua del grifo. Tonto sería quien, por el mismo precio, se comprara un coche actual antes que este nuevo modelo, con el que ahorraríamos, a día de hoy, en el tiempo medio de vida de un vehículo, el importe necesario para comprar uno nuevo. Para evitar esto ya se encargan estas empresas de comprar los derechos de cada uno de estos proyectos. Mientras el petróleo no se extinga definitivamente, nunca verán la luz.
Por eso es mi firme deseo que la ciencia siga haciendo acto de presencia en nuestras vidas, siga dando pasos de gigante, pero que lo haga en todas sus direcciones, no solamente en aquellas aptas para el negocio. Porque, créanme, de buen seguro que con las grandes capacidades que han originado tal cantidad de inventos deberían aparecer otros tantos que este mundo necesita que salgan a relucir y no queden ocultos en las tenebrosas mazmorras de don dinero.
viernes, 16 de abril de 2010
Homenajes póstumos
No deja de resultar curioso, chocante y algo vergonzoso el hecho de que parezca requisito indispensable fallecer para que te sean reconocidos tus méritos. ¿Estratagema comercial abusando de la sensiblería del pueblo? Puede ser, juzguen ustedes mismos. Además, una copia de esta misma situación la pueden encontrar cada cierto periodo de tiempo. No hace mucho que también nos dejó uno de los genios de las letras hispanas de los últimos años, Miguel Delibes. No pierdan detalle este inminente día del libro. Su nombre aparecerá en prácticamente todos los actos que tengan lugar con motivo de esta jornada. Por supuesto, toda mención que se le haga estará totalmente justificada y merecida, nadie lo duda. Lo indignante es el hecho de que el homenajeado no pueda disfrutar y deleitarse con su propio homenaje. ¿Acaso no hubiera sido realmente hermoso que fuera hace doce meses cuando se reconociera públicamente el talento y el agradecimiento a don Miguel?
Todos sabemos sobradamente que en ocasiones apenas podemos prepararnos, pues la parca puede hacer acto de presencia cuando le plazca, incluso cuando los cánones indiquen que aún debieran faltarle algunos años o décadas. Admito que reconocer a una persona, digamos, de unos cuarenta años y que todavía se encuentra en plena facultad de ejercer su profesión puede parecer precipitado, aunque no veo ningún motivo por el que pueda considerarse así. Lo que realmente no concibo es esperar a rendir tributo a alguien que ya lo ha dado todo o que se puede intuir que está en su última fase de la vida. Desde aquí rogaría que si realmente se quiere agradecer a un personaje su labor, hagámoslo, si es posible, de forma que pueda sentirlo y disfrutarlo en sus propias carnes. Si, por el contrario, lo único que queremos hacer es un buen negocio aprovechándonos de la desgracia de alguien, entonces adelante, sigamos con los homenajes póstumos.
Incluso, para más cosas increíbles, es asombroso lo que le revaloriza a uno la muerte. Una vez no estás, te llueven una cantidad de agradables calificativos que posiblemente jamás escuchaste en vida. Tus logros se triplican y nadie se acuerda de tus fallos o tus deslices. Seamos serios. Si alguien se merece elogios a punta de pala por méritos propios, pues démoselos siempre, vivo o inerte. Y viceversa, si alguien ha sido un capullo integral en vida, no veo motivos para apiadarnos de él solamente porque ya no esté entre nosotros. Yo, por mi parte, sólo deseo que si realmente se me quiere agradecer algo que, dentro de mis posibilidades, haya podido hacer de bueno para otras personas, me lo hagan saber mientras mi cerebro no dé muestras de debilidad ni de apagón total. Yo, por mi parte, predicaré con el ejemplo y procuraré demostrar todo lo que tenga que reconocerle en vida a quien haya hecho algo por mí.
lunes, 5 de abril de 2010
Hablemos de educación (2)
Después de mis dos últimas entradas, tan livianas y políticamente correctas, y para evitar el riesgo de metamorfosearme en una cabeza cuadrada que acepta todo lo que le ofrecen y de que mis allegados familiares sospechen de mi correcto estado de salud mental, vuelvo a mis andadas críticas y sin piedad con un tema que ya traté y que conozco de primera mano: la educación.
Si bien en mi anterior ensayo me limité, que no es poco, a disipar cualquier duda sobre la más que evidente decadencia de la educación española, hoy pretendo indagar más profundamente y dar mi justificada opinión sobre los que considero los principales causantes de esta crisis tanto o más importante que la económica que estamos sobrellevando.
La idea de relatar estas líneas me vino tras los resultados académicos de la recién concluida segunda evaluación. Sin excesivo orgullo he de proclamar que conseguí batir mi más escandaloso registro personal: 20 suspensos en un grupo de segundo de ESO de 22 alumnos. Eso supone cerca del 91%. Y que nadie salte a llamarme ogro, abusón o destrozaniños, que lo desconcertante del asunto es que todos los profesores del grupo tuvieron registros similares y alguno alcanzó el cien por cien de calificaciones negativas. El resto de grupos no fueron tan impactantes comparados con éste, pero las diferencias no son tan abrumadoras como pudiera parecer. ¿A qué se debe esta hecatombe? Personalmente me atrevo a llenar de culpabilidad a dos aspectos de la vida de estos escolares que a continuación trataré de trasmitirles.
Hay una más que obvia evidencia (valga la redundancia), y es que a los adolescentes actuales les importan tres pimientos sus resultados. Ya apenas se ven jóvenes estudiantes agobiados por alcanzar ese ansiado cinco en determinada materia. A la inmensa mayoría les resulta indiferente suspender una que ocho. Esta dejadez, pienso, habría que achacarla tanto a los chavales como a sus progenitores.
Por una parte, es asombrosa la pasividad de algunos padres ante el más que austero futuro que se labran irremediablemente sus engendros. Cierto día tuve lo que pretendía ser una charla seria con uno de los miembros del irritable grupo que mencioné párrafos arriba, uno de estos chavales cuyas notas se escriben en lenguaje binario (es decir, a base de ceros y unos) y que tiene como objetivo primordial en sus visitas al centro de “estudios” el romper todo lo posible la relativa normalidad de una clase. Tras cientos de intentos frustrados de que aprendiera al menos a comportarse y, si fuera posible, a hacer la “o” con un canuto, cambié mi táctica e intenté incitarle a que dejara de asistir a clase y se dedicara a algo más provechoso (dejar claro que esta propuesta, según los demagogos que no han pisado en su vida un aula, es totalmente denunciable y digno casi de la pena capital, así que debe hacerse sin testigo alguno, cáptese la ironía). “¡Sí, hombre! Luego le llegan a mi padre todas las faltas y me infla a hostias”, fue su contundente respuesta. Mi réplica no se hizo esperar: “Y cuando le llevas todo suspenso, ¿no pasa lo mismo?”. “¡Qué va! Ya está acostumbrado”. Ante esa respuesta entendí que ese chico era un caso más que perdido y que no había lugar humano por donde agarrarlo. Nos guste o no, la mayoría de nosotros, los que hicimos unos estudios primarios y secundarios medio decentes, sentimos decenas de ocasiones la fuerte tentación de no hacer los deberes o abandonar un examen, y al final los deberes quedaron realizados y el examen preparado gracias a que, de una manera u otra, intervino nuestro padre o madre, bien con amenazas, bien con premios, bien con cualquier otra artimaña. Actualmente a la mayoría de los padres les resbala olímpicamente lo que hagan sus hijos en clase. Se limitan a dar a colegios e institutos un uso de guardería o parking, un lugar donde retener a su prole para que no les molesten en casa o, si en la vivienda familiar no hay nadie por las mañanas, para evitar que estén en la calle, no se vayan a resfriar los pobres. En fin, con estas premisas ya se imaginan el futuro de estos desamparados.
Por otro lado, si en algún colegial se vislumbrara un punto de cordura, tenemos a la televisión para encargarse de borrarlo fulminantemente. Si un chico de, pongamos, quince años se sienta unos segundos a pensar en su inmediato futuro y se llega a acongojar mínimamente, basta con que conecte la caja tonta (que por algo tiene ese apodo) y tendrá la vida resuelta. Hay mil maneras de ganarse la vida que no pasan por estudiar y ser responsable. Podemos entrar en una academia donde asombrosamente te enseñan a cantar o bailar en cuatro meses y hacernos artistas profesionales. Podemos entrar en una casa aislada del mundo otros tantos meses y, además de una prima inicial de varios miles de euros, hacernos periodistas. Podemos, incluso, esperar a que vengan los ojeadores del Real Madrid asombrados por nuestra calidad futbolística y nos ofrezcan un contrato similar al de cierto jugador portugués. Y en un caso extremo siempre nos queda la posibilidad de infiltrarnos en la cama de algún famoso o famosa y, a raíz de esa proeza, dedicarnos a pasear por platós televisivos demostrando nuestra capacidad de volumen en lo que parecen concursos de griterío.
Resumiendo, para no aburrir a mis leales lectores. Los chicos de esta edad necesitan algún estímulo para avanzar correctamente en sus estudios. Si ese incentivo no se encuentra en la sociedad o en la televisión, debería encontrarse en el ámbito familiar. Si no existen esos incentivos, apaga y vámonos, pues ese desdichado adolescente está predestinado a ser carne de cañón de por vida. Puede que haya quien piense que exagero. No negaré que he generalizado, que a veces se dejan ver alumnos con un grado de responsabilidad aceptable o padres realmente implicados, pero créanme si les digo que ni unos ni otros superan el veinte por ciento del total. En cualquier caso el tiempo, por desgracia, el tiempo me dará la razón. Hablemos si no dentro de quince años. Hasta entonces, buena suerte.
martes, 30 de marzo de 2010
A mi hermano
Buscando un blogger amateur como yo una forma barata y cómoda de promocionar su humilde rincón en la red recurre inicialmente al ámbito familiar. Ése fue mi caso. Hace ya dos meses que nació este cuaderno de bitácora y, cual padre orgulloso de su recién nacido, fui a mostrar a mis familiares más informatizados mi creación. He de admitir que la recepción de mis ilusionados ensayos fue anímicamente correcta, que para eso está la familia, salvo por parte de mi hermano. No en vano, hace apenas una semana surgió de la nada el tema durante una conversación fraternal, durante la cual recibí la siguiente intencionada puñalada verbal por parte de mi pariente: “¡Macho, mira que lo he intentado varias veces pero no consigo terminar de leer ninguna de las entradas de tu blog!”. El curioso motivo alegado fue la supuesta dificultad de mi lenguaje, las complejas estructuras que, según él, abundan entre estas líneas. Mi propósito del día es lograr que mi querido compañero de padres sea capaz de leer al menos una, sólo una entrada de este sufrido blog.
No te alarmes, hermano, que si escapa de mis manos algún vocablo que pueda suponerte cierta complejidad te anotaré inmediatamente su significado para ahorrarte la aconsejable molestia de hojear un diccionario. Por otra parte, he de admitir que tu comentario me deja ciertamente atónito (= pasmado o espantado de un objeto o suceso raro), pues tú, al igual que quien te habla, eres un admirador ferviente (= que hierve) de las poesías urbanas de ese maestro de la palabra que es Joaquín Sabina. Además, sinceramente, aunque uno intenta exprimir su destreza (= habilidad, arte) hasta que sus neuronas se lo consienten, creo que mis textos nunca estarán a la altura de, por ejemplificar, don Gabriel García Márquez. En cualquier caso, te envío desde estos párrafos un consejo tan práctico como poco original, y es que te aficiones al noble arte de la lectura. De buen seguro que cuando tus ojos se adapten a giros y metáforas diabólicas, seguir estas palabras te resultará de lo más viable (= que, por sus circunstancias, tiene probabilidades de poderse llevar a cabo). Si requieres (= necesitas) consejo, eres buen conocedor de que en tu propia familia, que es la mía, existen buenos lectores que te podrían orientar por el camino del buen hacer.
¡Ánimo, hermano, que ya llevas la mitad del todo! Realmente no me quedan excesivos asuntos por tratar. Eso sí, es mi deseo dejar constancia a todos mis fieles navegantes y bucaneros (= piratas de los siglos XVII y XVIII) que no es mi dedicado del día un sujeto inculto. Puedo jactarme (= alabarme presuntuosamente = alabarme con demasiada confianza) sin temor a errar de tener una familia de un nivel racional más que aceptable. Simplemente la divergencia (= diferencia) entre nosotros es de estilos. Si bien Odiseo se considera más clásico, más aficionado a culturizarse a través de la lectura de obras inmortales o la visualización de filmes (= películas) que perduran en la memoria, la otra mitad de la descendencia familiar tiene tendencia a basar sus conocimientos en cuestiones más populares, a través de la lectura de noticias, comentarios de la calle y otras ramas que, sin menospreciar, no eximen (= libran de obligaciones) de la otra rama de la cultura.
Bien, si has conseguido alcanzar este último párrafo prácticamente se puede dar por hecho que conseguí culminar con triunfo mi meta. ¿A que no ha resultado tan virulento (= maligno, ocasionado por un virus)? Ahora te animo con mis extenuadas (= debilitadas) fuerzas a que eventualmente (= incierta o casualmente) visites mi hogar virtual que, si bien aún es diminuto y frágil, promete desarrollarse y crecer cual tetraclinis articulata (ésta no te la digo), y espero que compartas esa evolución y seas parte activa en ella. Y aunque no debes acostumbrarte a estas definiciones entre líneas, te aseguro que si te enganchas a mi aventura, en breve tiempo te serán totalmente redundantes (= que sobran en un determinado contexto) ¡Nos vemos, mi fiel navegante!
jueves, 18 de marzo de 2010
Cinco minutos
Quien me conozca un poco, aunque sea por mis textos, sabrá que no tengo la menor intención de rendir tributo a ningún personaje harto de elogios mediáticos o sociales. Es más, no pretendo alabar a ningún ser humano, por más o menos conocido que sea. Mi propósito es reconocer como se merece un momento que apenas tiene consideración por el hombre de a pie. Mi humilde homenaje va dedicado a esos cinco minutos que transcurren inmediatamente de que nos hayamos despertado con el maldito timbre de nuestro reloj de mesilla, ese glorioso espacio de tiempo en que nos preparamos mentalmente para librar nuestra particular batalla diaria.
No encuentro palabras para describir esa contradictoria sensación que nos produce ser conscientes, por una parte, de que finalizó nuestro periodo de descanso corporal, y por otra, recordar que pusimos la alarma con la suficiente antelación como para permitirnos seguir tumbados cinco minutitos más en nuestro lecho. Sí, es cierto, transcurridos esos minutos habremos de incorporarnos, saludar al nuevo día y encarar no sin cierta pereza todos los problemas que nos deparará la jornada. Pero esos trescientos segundos son única y exclusivamente para deleitarnos, para saborear el hecho de estar despiertos pero recostados y, quizá, con los párpados aún tapando nuestras pupilas.
Y no se piensen ustedes que ese periodo de tiempo es meramente de meditación y asimilación, qué va. Es un momento perfecto también para completar nuestros inacabados sueños. ¡Cuántas veces nos ha abandonado Morfeo justamente cuando nuestro sueño se encontraba en su desenlace final y apenas con un par de escenas más quedaría íntegro! Creo que es sentimiento común la sensación de anhelar retomar nuestro letargo con la intención de proseguir el sueño por donde se nos cortó, cual si de una película detenida por el botón de pausa se tratara. Por desgracia sabemos que esto no suele ocurrir, por lo que es opción recomendable concluir a nuestra voluntad la aventura en la que estábamos envueltos de lleno, opción para la que vienen que ni pintados nuestros cinco protagonistas del día.
Si, por el contrario, el sueño en que estábamos enfrascados no nos resultó excesivamente agradable y más bien nos ahogábamos en una temible pesadilla copada de malvados monstruos, despiadados asesinos, violadores, políticos o suegras, son imprescindibles esos homenajeados minutos para retomar el titubeante aliento, cerciorarse de que la pesadilla había sido tal y ser capaces de ponernos en pie sin que ese inquietante temblor corporal siga azotándonos. Cinco minutos y como nuevos.
No hay más que recordar la que solía ser nuestra primera frase de cada día durante nuestra inocente infancia. “¡Cinco minutos más, por favor!”, le decíamos a nuestra madre cuando se desesperaba por lograr que alcanzáramos la escuela a la hora convenida. Hoy, adultos y un poquito más responsables, seguimos precisando de ese breve tiempo para reaccionar. ¡Benditos minutos!, ruego a las más altas divinidades que nunca nos faltéis, que seáis nuestros fieles compañeros matutinos y que jamás permitáis que nos veamos obligados a incorporarnos de la cama a la hora exacta en que la noche anterior fijamos nuestro despertador.
jueves, 11 de marzo de 2010
Día internacional de...
Con los restos del día internacional de la mujer trabajadora aún colgando en nuestras cabezas me dispongo a tratar sin piedad alguna por mi parte el asunto de este tipo de jornadas tan atractivas ante los ojos del pueblo. Eso sí, voy a adelantarme a posibles malvados ojos clavados sobre mi ser proclamando a los cuatro vientos mi total respeto y apoyo a las féminas trabajadoras, a la igualdad de oportunidades entre sexos y, en general, a la mayoría de temas destinatarios de este día propio en el calendario. Mi feroz crítica nunca irá dirigida a ellas, ni a la lucha contra el SIDA, ni a las madres y padres del mundo. El único destinatario de mis disquisiciones es ese momento, esa fecha con nombre y apellidos que nos recuerdan sin cesar todos los medios de comunicación durante una semana a la redonda.
Aparece ahora en mi memoria una curiosa escena transcurrida hace justo una década, en el año 2000, año que fue declarado, no sé por quién, el año mundial de las matemáticas. Siendo yo pleno estudiante de esa licenciatura, me resultó inevitable sentir cierta infantil ilusión a causa de estar metido de lleno en la materia de moda en todo el planeta. Pero lo anecdótico y lo que grabé en mis recuerdos universitarios fue la sentencia de un veterano profesor que por ese entonces impartía en mi grupo Topología de superficies. “Cuando se dedica un día internacional a algo, es que ese algo va mal. Pues imaginaos cuando se dedica un año entero”, fueron sus palabras con las que zanjó cualquier tipo de debate.
Por desgracia, tenía mucha razón. Estos cansinos “días de” no son más que intentos desesperados de sacar a flote algo que se hunde irremediablemente hasta las profundidades abismales. Pero, como en casi todo en esta vida, la solución rápida y directa suele ser siempre la más ineficaz y propensa a rehacer el problema, en ocasiones hasta con mayor intensidad. No me pueden negar que, en su etapa estudiantil, acudieron ustedes a algún que otro examen sin más preparación que la adquirida la tarde anterior. Los resultados solían ser o nefastos en cuanto a nota se refiere, o aceptables en este sentido pero nulos en cuanto a conocimientos asimilados, pues se olvidaba todo escasas horas después de finalizar el control. (Hoy en día esas cosas son impensables. Actualmente la juventud no estudia ni siquiera esa tarde). Esto no es más que una pequeña muestra de mi tajante afirmación: las soluciones rápidas y momentáneas nunca llevan a buen puerto.
Como les decía, soy el primer partidario de luchar por conseguir la igualdad total entre hombres y mujeres, pero lo que me indigna y califico de vergonzoso es que desde los altos cargos se nos pretenda hacer callar con un simple “día de”. No me quedaré convencido de que se está trabajando en esto hasta que no se comience a tratar el problema desde su raíz, con una buena perspectiva a largo plazo. Personalmente no tengo prisa. Esta desigualdad data de varios miles de años, así que puedo esperar pacientemente algún año más si la finalidad lo merece, pero es preciso visualizar un camino correcto. Jamás verán un corredor de maratón esprintando durante los primeros kilómetros, sería del género idiota. Lo importante es mantener un ritmo adecuado y constante para alcanzar firmemente el ansiado final. El problema es que ahora mismo lo que yo veo son días de acelerones alocados, pero luego meses de irremediable inmovilidad, y así difícilmente cruzaremos la línea de meta.
Sé de buena fe que no se puede acabar con estas llamativas y publicitarias jornadas de un plumazo, y no voy a negar que es digno de elogio recordar durante veinticuatro breves horas aspectos ciertamente relevantes del mundo en que nos toca vivir, pero más elogiable aún sería si tuviéramos esos mismos conceptos presentes durante todo el año y lucháramos por ellos por nuestra propia voluntad, sin que una inscripción bajo la fecha de nuestro calendario de pared nos ordene cómo hemos de actuar durante la consabida jornada.
