sábado, 4 de agosto de 2012

Pasión nacional forzada

Quería comenzar esta entrada felicitando, de forma virtual y sin ninguna esperanza de que estas líneas lleguen a sus ojos, a Roger Federer por su victoria en Wimbledom el pasado mes de julio. Es un deportista al que admiro bastante, tanto como persona, por su humildad y su simpatía, como tenista, por su elegancia y su saber ganar y perder. Me alegré tanto por su victoria sobre Djokovic como por su vuelta al número uno del ranking de la ATP después de mucho tiempo. Así pues, si lees esto, Roger, te doy mi más sincera enhorabuena; si no lo lees, al menos me quedo con la conciencia tranquila.

Este ligero goce interno me hizo reflexionar sobre la cuestión que me dispongo a tratar, vaya por delante que de forma exclusivamente deportiva, y es ese innato patriotismo que nos invade cada vez que vemos un partido. Parece que estamos obligados, por el mero hecho de haber nacido en determinado país, a apoyar incondicionalmente a cualquiera que comparta nuestra nacionalidad y a desear a toda costa su éxito. Bien pensado, esto condiciona de alguna manera nuestra libertad de pensamiento, ya que da la impresión de que velar por el triunfo de cualquier deportista o equipo de otro país está mal visto. A lo sumo se nos permite opinar bien y recompensar con halagos, pero sin pasarnos, a atletas naturales de lugares lejanos a nuestra querida patria, pero nunca desear que superen a nuestros ídolos nacionales. Quedaremos perfectamente mientras nos restrinjamos a frases como “¡Qué bueno es Federer!” o “¡Vaya revés tiene el tío!”, pero que a nadie se le ocurra decir nada del tipo “Esperemos que en este partido le gane a Nadal”, porque en ese caso seremos tachados inevitablemente de antipatriotas.

No hay que confundir mis palabras con el deseo de que nuestro equipo sea el mejor, practique un juego bonito y nos haga disfrutar. Una cosa es apoyar a alguien porque realmente lo consideramos bueno en su especialidad y otra muy distinta es basándose únicamente en su lugar de nacimiento. De sobra es sabido que cuando se ha enfrentado una selección española (de cualquier deporte) ante otra, siempre hemos deseado que venciera la nuestra, aunque el otro equipo esté resultado netamente superior y con mucha más calidad. Quizá sea un servidor el raro, pero no acabo de entender ese apoyo incondicional basado exclusivamente en la nacionalidad. La magnitud del deporte, pienso, se disfrutaría mucho mejor sin estos fanatismos injustificados. Se puede desear que nuestro paisano juegue mejor, pero, si no es así, no veo motivo para no disfrutar del juego ajeno y alegrarse por ello. Comprendo que el aliciente y la tensión con la que se vive un partido es mucho más motivadora cuando se desea la victoria de uno de los contendientes. Ahora bien, es importante aprender a aceptar una superioridad en cuanto a calidad en el juego, no solamente para poder considerarse un buen perdedor, sino para saborear y exprimir todo lo que nos ofrece esta sana afición que es el deporte.

Unas sensaciones muy similares se me presentan cuando cada año, regular y puntualmente, veo el Festival de Eurovisión. La televisión pública y otros medios de comunicación se empeñan en obligar a nuestros autónomos subconscientes a que han de ansiar el éxito del intérprete español a toda costa. Parece que fuera un crimen el hecho de que a un buen españolito le pueda gustar más cualquiera de las veintitantas canciones restantes y, como jueces justos que pretendemos ser, esperamos ver salir triunfantes a ese cantante que nos ha puesto los pelos de punta por encima de la canción española que apenas nos ha llegado.

Es por esto que me gustaría que, si nos consideramos buenos aficionados a cierto deporte o a cualquier espectáculo subjetivo, no nos rijamos sólo por la ubicación del club o la natalidad del artista, sino que intentemos valorar los méritos puramente profesionales de cada cual y, posteriormente, nos decantemos por nuestro favorito. Yo, por mi parte, me defino sin miedo como un fiel defensor del tenis de Federer por encima del de Rafa Nadal.


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