lunes, 31 de octubre de 2016

Recomendación


Como hombre de ciencias que soy y que fui ya desde adolescente, siempre tuve algo atragantada la asignatura de lengua española, aunque vaya por delante que sí que me gustaba (prueba de ello es mi actual afición a escribir). Eso sí, algunas cosillas logré retener en mi limitada cabeza, y una de ellas fue el llamado metalenguaje, esto es, hablar del lenguaje a través del propio lenguaje. Pues bien, en esta entrada mi intención es metabloguear, palabrejo que me acabo de inventar y que vendría a ser algo así como hablar sobre los blogs en mi blog.
Cierto es que a día de hoy quizá posea un mayor auge el mundo de los canales de vídeos. Qué le vamos a hacer, la gente prefiere que les den las cosas mascadas y limitarse a ver y escuchar antes que leer. Con todo, los blogs siguen estando ahí presentes, resistiendo como gato panza arriba ante las emboscadas de los partidarios del vídeo y siendo un chaleco salvavidas para aquellos que no se consideran demasiado agraciados para filmarse o que meditan demasiado tiempo una frase antes de reflejarla (me incluyo en ambos grupos).
Igual que en la vida misma, en la existencia de un blog se pueden ir alcanzando diferentes hitos. Los más habituales son los que hacen referencia a alcanzar un cierto valor en algunos de los contadores: número de seguidores, de entradas, de comentarios, etc. Normalmente un bloguero se congratula cuando alcanza una de esas cifras conocidas como “redondas”. Es frecuente leer expresiones del tipo “este blog ha alcanzado la friolera de 100 entradas” o “ya hemos superado los 500 seguidores”. Permítame el lector un breve paréntesis para protestar por el desprecio que este hecho supone hacia el resto de números. ¿Por qué ha de ser el 247 más feo que el 100? ¿Sólo porque no acaba en cero? Protesta hecha, seguimos para bingo.
Ahora bien, no todos los logros de un blog se basan en números y en contabilidades varias, hay otros hechos que pueden ser indicadores bastante fiables de que ese rincón virtual está creciendo. Pregúntenle a cualquier dueño de estos entrañables lugares la cálida sensación al recibir de un homólogo escritor la petición de que los respectivos blogs sean mutuamente enlazados.
Pues bien, a día de hoy, acercándome a los siete años desde que comencé esta odisea cibernáutica, su humilde servidor tiene el placer de anunciar a su fiel tripulación la consecución de otro objetivo: la primera petición para que otro blog sea publicitado en éste que leen ahora mismo. No negaré que me invadió una infantil ilusión al recibir dicha propuesta hace unos días y que hubiera aceptado la invitación aunque la web que me hubieran sugerido publicitar hubiera sido más mala que el hambre, pero en este caso además el placer es doble al saber que el sitio propuesto es realmente interesante y con una calidad palpante, así que le deseo y le auguro un próspero futuro.
Pidiendo perdón a esa persona por el tremendo rollo que precede a la presentación de su rincón (ya saben ustedes que no acostumbro a ser demasiado directo) y respetando su solicitado anonimato, aquí les dejo, fieles lectores, la dirección de ese su blog:


Reiterando mis buenos deseos y aconsejándole que disfrute escribiendo en él, ya que es la forma en la que sus lectores también lo harán leyéndolo, personalmente tomo nota y lo incluyo en la lista de los sitios que gusto de visitar cuando viene a verme ese extraño visitante en estos tiempos llamado tiempo libre. ¡Mucha suerte, psicoanalistas!

sábado, 17 de septiembre de 2016

Predicando con el mal ejemplo


Es frecuente y lógico que el ser humano se alegre de las dichas de aquellos que considera familia o amigos. Si atendemos a la definición de amistad es normal que deseemos que nuestro compañero de pupitre supere con nota el examen, que a nuestro colega laboral le den un cargo importante y que a nuestro querido familiar le suban el sueldo. Ahora bien, quien les escribe considera, y tiene el amable lector total potestad para rebatirme si opina que yerro en esta afirmación, que esos prósperos deseos tienen un límite, y ese límite no es ni más ni menos que nuestra propia persona. Que mi compañero apruebe el control, por supuesto, pero con no más de un ocho y medio que es mi nota, que a mi colega le den un buen puesto en la empresa, pero siempre sin que se eleve sobre mí, y por descontado que mi cuñado, con el que tan buenos ratos paso, puede cobrar lo que quiera siempre que no sobrepase el umbral de mi salario. De no ser así, como seres cívicos y educados que somos, esbozaremos una gran sonrisa y felicitaremos a aquel que acaba de superarnos, pero en lo más profundo de nosotros mismos encontraremos esa incómoda sensación de sentirnos achicados y abatidos.
Mas, remitiéndome a una célebre frase hecha, siempre existe la excepción que confirma la regla, y en este caso dicha excepción viene personalizada por nuestra prole. Si son nuestros hijos los que nos han dejado a la altura del betún, no solamente no nos empequeñecerá sino que nos encontraremos en extremo orgullosos y ansiosos por proclamarlo a los cuatro vientos. Hago esta afirmación a día de hoy cuando ya tengo el honor de ser padre, pero quiero que conste en acta que esta misma opinión habitaba en mi cerebro desde mucho antes de serlo. De siempre he anhelado que cualquier fruto que pudiera engendrar con ayuda de mi santa esposa rebasara mi listón, que fuera mucho más guapo que yo (cosa que, a quién voy a engañar, no le iba a ser muy complicada), que superara mi nivel de estudios y, en general, que triunfara en todos los aspectos de la vida ninguneando mis escasas victorias. Prueba de este hecho que expongo es la célebre frase que los oídos de mis fieles lectores habrán asimilado en alguna ocasión y que reza algo así como “quiero darle a mis hijos todo aquello que no pude tener yo”.
Ahora bien, existe una abismal diferencia entre mi opinión arriba expuesta y la nefasta actitud de algunos padres que pretenden magnificar a sus descendientes a cualquier precio. Aun siendo conscientes de que esos chicos, como todo hijo de vecino, son imperfectos, en primer lugar se desviven por pulir esos defectos (lo cual no sería reprochable de no ser porque a veces esa insistencia se convierte en una tortura para que salten obstáculos mucho más altos que sus propias limitaciones), y si esto no funciona, harán lo inhumano por ocultarlo ante los ojos del prójimo, pasando por la mentira si es preciso. Existen miles de ejemplos, como la típica ornamentación en las notas ante los ojos del vecino del cuarto, pero quisiera centrarme en el aspecto deportivo.
Cuando uno visualiza un partido entre infantes o adolescentes lo que espera ver es un grupo de chicos o chicas que gustan de practicar ese deporte y que disfrutan haciéndolo. En ocasiones es así, pero el verdadero espectáculo se encuentra, paradójicamente, entre los espectadores. Padres al borde del infarto por el fallo del hijo, madres que amenazan al jugador rival que le hizo falta a su retoño, abuelos insultando al árbitro porque consideran que perjudica a su nieto, el pan nuestro de cada día, mas un pan duro y enmohecido. Deseo pensar que en estos vergonzosos momentos dichos progenitores se olvidan de que son el espejo en el que sus hijos se miran, ya que de actuar así siendo conscientes de este hecho se triplicaría la mala imagen que sobre ellos cae ante mis ojos, pero aun sin que su conciencia se percate de ello el efecto es similar: están promulgando un nefasto modelo para su descendencia. Permítame el lector recurrir a palabras de Albert Einstein para darle el toque culto a este ensayo. “Dar ejemplo no es la principal manera de influir sobre los demás; es la única manera”, dijo en alguna ocasión el físico. Así pues, con estos modelos dichos chicos aprenderán a no aceptar sus errores, a culpar a cualquiera que tenga a mano de sus propios fallos y a no acatar de buen grado una derrota.
Todos quisiéramos tener en nuestro libro de familia al futuro fichaje del campeón de la Champions, al científico que descubra la cura del cáncer o al solista del grupo con más discos de platino pero, nos guste o no, esto no podemos elegir. Puede que tu hijo haya nacido con una torpeza innata para patear un balón, que le cueste horrores resolver una simple ecuación o que tenga el mismo sentido musical que una vaca, cosas que por más que nos empeñemos no podremos cambiar. Pero lo que sí podemos hacer y para lo que no se precisa ninguna habilidad extraordinaria es hacer de nuestros sucesores personas sensatas, honradas, humildes, sensibles, trabajadoras y educadas. Vamos, lo que vulgarmente se conoce como “una buena persona”.

viernes, 19 de agosto de 2016

Pendiende del dependiente


Supongo que quien más o quien menos todos ustedes habrán oído hablar de la ley de Murphy. Sí, esa misma, esa que afirma que si algo puede salir mal, saldrá efectivamente mal, o en su versión concreta más afamada, que si una tostada se te cae al suelo siempre caerá dejando hacia abajo el lado de la mantequilla. A raíz de ahí se han divulgado una inmensidad de otros casos particulares de esta regla. Permítanme enunciar uno con los que más me siento identificado, al que sarcásticamente han llamado principio de Aspirino, y que viene a decir que cuando se abra la caja de un medicamento siempre se hará por el lado donde está el prospecto. Pues bien, deseando que no exista algo similar, hoy me tomo la libertad de enunciar otro nuevo caso de esta ley, el que voy a llamar principio del dependiente: si entras a una tienda con la simple intención de mirar o echar un ojo, se te vendrán encima varios dependientes ofreciéndote su ayuda y preguntándote de todo; sin embargo, si vas necesitando a alguien de la empresa para realizar una consulta, no habrá nadie hasta donde te alcance la vista o si los hay estarán ocupados y con algún otro cliente indeciso que no lo soltará hasta pasados varios minutos.
Lo sé, es un enunciado demasiado largo, eso tengo que perfeccionarlo, pero creo que la idea está clara. Si acaso soy el único al que le ocurre esta curiosa circunstancia rogaría a mis amables lectores que me lo hicieran saber, pero no creo ser alguien tan excepcional y especial. Y, la verdad, no sé cuál de las dos partes del principio del dependiente me resulta más molesta, si la de ser avasallado cuando quiero recrearme en mi desinteresado ojeo por la tienda o la impotencia de no conocer algún dato de ese producto de mi interés y no dar con alguien a quien consultárselo.
Por una parte, ¿quién no ha cruzado alguna vez el umbral de un establecimiento con la intención de, o bien solamente mirar, o bien estudiar concienzudamente los detalles de las distintas opciones que podrían satisfacerle? Especialmente cuando de algo cuyo coste económico no es precisamente insignificante, a muchos nos gusta meditar nuestra elección y no comprar sin más la recomendación del interesado vendedor ansioso de una suculenta comisión. Incluso en ocasiones, cuando el esclavizador reloj lo permite, aguardamos disimuladamente a escasos metros de la entrada esperando a que se nos adelante alguien que nos sirva para entretener al dependiente. Pero ni con esas. O bien surgirá como de la nada un segundo vendedor que aniquilará nuestro estratégico plan o, tal vez, el encargado que habíamos dejado ocupado con nuestro predecesor apenas ha estado unos segundos con él y no nos da opción a recrearnos. Al final, no sin cierto sentido de la culpabilidad, hemos de decirle que solamente queremos mirar o que debemos meditar un poco más nuestra opción. Lo normal es que de esta manera se aleje unos metros de nosotros, no sin antes recordarnos su próxima presencia para lo que gustemos, pero ya no podremos evitar sentirnos vigilados y coaccionados en cada uno de nuestros movimientos.
Por otra parte tenemos esas situaciones en las que nos es vital el apoyo de algún experto que domine el tema sobre el que estamos investigando. ¿Dónde diablos pone si este maldito microondas tiene función de grill? Leídas las seis caras de la cúbica caja no se ha resuelto la duda. Preferiría no hacerlo, pero la necesidad impera a que busque a algún vendedor, aún a riesgo de que me confirme que sí que lleva grill pero que me recomiende otro modelo, casualmente más caro pero infinitamente mejor. Giro a la derecha, giro a la izquierda, nadie del local. Busco por los pasillos contiguos, sigue sin haber nadie con la placa o el uniforme de la tienda en cuestión. Por fin, casi en el otro extremo del almacén diviso un trabajador de la empresa. Porca miseria, está ocupado con una indecisa pareja que no es capaz de decantarse entre un bolígrafo de punta fina o de punta gruesa. Espero a que acaben situado de brazos cruzados a un metro y medio y con gesto que denote evidentemente que necesito de su colaboración. Al fin la dubitativa pareja se decide y puedo interrogar al dependiente sobre el dichoso microondas. “Lo siento, caballero, pero yo no soy de esa sección. Váyase allá y enseguida le mando a alguien de esa zona”. Resignado obedezco mientras miro impaciente mi reloj de pulsera y hago mis cábalas sobre si seré capaz de llegar a casa a la hora del partido.
Evidentemente se han exagerado ligeramente las situaciones, pero de forma más o menos pronunciada es lo que suele ocurrir en un elevado porcentaje de las ocasiones. Desde mi limitada mente sólo se me ocurren dos explicaciones con cierta coherencia. La primera, la justificación más socorrida de la historia, es echarle la culpa a la suerte, pensar que todo es fruto de un capricho del azar. La segunda, que estos honrados trabajadores, ora por su preparación, ora por la experiencia, tienen desarrollado un sexto sentido por el cual intuyen con cierta efectividad en qué condiciones entra cada posible cliente. Los que entren como se ha descrito en el segundo caso necesitan al vendedor, así que no hay prisa en atenderlos, esperarán casi lo indecible con tal de aclarar sus ideas; sin embargo los del primer caso pueden salir del local en cualquier momento con las manos vacías, así que hay que abordarlos de inmediato, no se vayan a escapar vivos.

lunes, 4 de julio de 2016

Humilde dedicatoria

Mediaba el pasado mes de septiembre cuando, a pocos días de iniciar un esperanzador curso, me incorporé a mi nuevo centro. Con mis compañeros recién conocidos y con mis ideas más o menos claras, había que pasar a la elección de cursos. Siendo el último mico de tan amplio departamento, mi fuerte deseo de escaparme por un año de ser tutor se atisbaba harto difícil de cumplir.
Guiado por mi instinto matemático y asumiendo que otro curso más recaería sobre mí la responsabilidad de tutelar a un grupo de perdidos adolescentes, opté por elegir un grupo de primero de bachillerato como mal menor, esperando que tuvieran la suficiente madurez intelectual como para pasar un año tranquilo. A día de hoy puedo afirmar que la decisión fue completamente acertada y que esta vez la suerte me hizo dar con unos jóvenes más salaos que las pesetas.
Pocas veces he congeniado tan bien con un grupo, así que, cuando ocurre, hay que exprimir con descaro y sin piedad esta excelente relación para sacar lo mejor de ambas partes.
Tal fue el buen rollo reinante que no pude (ni quise) rechazar vuestra oferta para comer con vosotros, invitación del todo grata y en la que disfruté de vuestra compañía, además de recibir de vuestra parte una ofrenda muy práctica que os agradezco de corazón.
Precisamente fue en el transcurso de ese agradable mediodía cuando recibí de algunos de vosotros la petición de un último favor: la inclusión en este diario de a bordo de unas palabras con un breve mensaje de decicatoria para vosotros. Cumplida mi promesa, ahora es mi turno para pediros algo. Al acabar la entrada volved al inicio y releedla en vertical, solo tomando la primera letra de cada línea y obviando el resto. Con eso quedará completo mi agradecimiento.
Buen verano a todos y ojalá el destino nos vuelva a juntar.

miércoles, 30 de marzo de 2016

Pasando el peatón

Soy una rara avis. Vamos, lo que de toda la vida se ha llamado un bicho raro, pero ese latinajo me parecía mucho más culto para inaugurar la entrada. Atentos que comienzo a enumerar: me gusta la música clásica, soy completamente abstemio, me tapo por las noches al dormir aunque sea pleno verano, no sé hacer pompas con un chicle, prefiero los gatos a los perros y permito pasar a la gente en los pasos de peatones.
Quizá sea esta última afirmación la más sorprendente para más de uno, lo desconozco, invito a mis amables lectores a que me obsequien con su opinión sobre el grado de rareza de estas características, pero lo que es innegable es que el número de conductores que respetan esas blancas líneas paralelas está en constante decrecimiento. Este es un dato que he podido corroborar personalmente cuando abordo la calle como viandante y preciso cruzar una avenida por una zona habilitada para ello. Si el vehículo se divisa a una distancia decente acostumbro a ejercer mi derecho y, ni corto ni perezoso, camino dirección a la otra acera. El conductor, maldiciéndome mentalmente por los segundos que le voy a alargar su viaje, solamente ve dos opciones: o bien cambia el pie derecho de pedal y decelera paulatinamente (o no) hasta inmovilizar su auto mientras observa como un servidor cruza, o bien comete un delito, por lo que suelen optar por la primera opción. Ahora bien, si la cercanía del coche y su velocidad no hacen pensar en una hipotética frenada, mi fuertemente desarrollado instinto de supervivencia me obliga a permanecer inmóvil mientras el coche en cuestión me da la espalda, tras lo cual no suelo reprimir, con la esperanza de que el conductor mire por el espejo retrovisor, un gesto de desprecio con mi mano o, cuando la velocidad del turismo es extrema, algún que otro corte de mangas.
Es obvio, pues, que como peatón tengo muchas quejas sobre el uso de estos lugares cuyos colores recuerdan a ese cuadrúpedo africano. Lo curioso del asunto es que también las tengo como conductor. Me explico. Todo empezó el día que me examiné de la parte práctica del carné de conducir (por cierto, aprobé a la primera, nunca es mala ocasión para fardar un poco de esto). Con la lección bien aprendida, cada vez que nos aproximábamos a un paso de peatones oteaba a ambos lados para comprobar la posible presencia de transeúntes. Pero sucedió que la hermana duda asomó a mi mente cuando, oh maldita e inesperada sorpresa, en una de estas trampas se encontraba una señora de mediana edad pero no exactamente en la zona abarcada por las líneas blancas sino aproximadamente a un metro o metro y medio. En décimas de segundo decidí no dejarla cruzar, y no sé si fue la decisión correcta o no pero afortunadamente no influyó en mi aptitud. Eso sí, si este detalle me hubiera hecho tener que repetir el temible examen creo que me hubiera acordado de esa señora durante mucho tiempo.
En mis taytantos años como conductor se me han dado bastantes situaciones similares. Destacan casos como el de esta mujer que pretenden que se les permita pasar estando a dos metros del lugar indicado y gente que no tiene otro lugar para esperar al amigo con el que han quedado justo en el inicio del paso de cebra pero que, aunque su posición invita a pensar que pretende caminar por él, en el fondo no tiene ninguna intención de hacerlo. También tenemos esas marujas que casualmente se encuentran en la mitad de este lugar de la calle y, ni cortas ni perezosas, comienzan ahí mismo a contarse su ajetreada vida, y para completar este camarote de los hermanos Marx tenemos el típico abuelote que, tras hacerle un gesto para que comprenda que le cedes el paso, te devuelve la cesión e incluso comienza casi a dirigir el tráfico.
En definitiva, que ni el bueno es tan bueno ni el malo es tan malo. Es cierto que la gran mayoría de conductores parecen haber olvidado el significado de estas gruesas líneas blancas, pero si como peatones queremos exigir que se penalicen estas infracciones cumplamos previamente con nuestras obligaciones y hagamos un buen uso de nuestra única posibilidad para atravesar una vía.

miércoles, 13 de enero de 2016

Agradecimientos


Sabe perfectamente tanto el fiel navegante que sigue este blog desde su inauguración como el estrenado lector recién subido a bordo que este cuaderno de bitácora es, como ha sido definido eventualmente, un blog de autor, esto es, un mero rincón que permite a este humilde aprendiz de escritor divagar sobre los temas más variopintos sin ninguna pretensión en cuanto al número de lectores o visitantes. No obstante, y ya que lo cortés no quita lo valiente, este hecho no implica que el comandante de esta nave no reciba un empujoncito en su autoestima si se percata de que alguna de sus entradas o de sus disquisiciones recibe algún agradable comentario o un número importante de visitas.

Es por eso que, cada vez que un servidor accede al menú de este sencillo blog, me es inevitable cotejar el número de curiosos lectores que danza entre mis párrafos en los últimos días. Ese valor suele ser tan pírrico que mi sentido de la decencia me impide exponer ese dato, aunque para que el amable lector se haga una idea anotaré que ese valor rara vez supera las tres cifras… en lenguaje binario (pequeño chiste que entenderá sin problema aquel con ciertos conocimientos matemático-informáticos). Pues bien, el caso es que hace unas semanas me tuve que frotar los ojos para cerciorarme de que ese índice de visualizaciones se había multiplicado por cinco o por seis en ciertos días puntuales. Hecho completamente insólito en la corta historia de esta web.

La primera justificación que anidó en mi mente fue la posibilidad de que el azar hubiera querido que introdujera en algún artículo ciertos polisémicas vocablos con alguna connotación de rabiosa actualidad pero alejada por completo de su contextualización en el ensayo. Por ejemplo, quizá hubiera tecleado la primera persona del plural del presente de indicativo del verbo poder en plena campaña electoral. Pero no, la explicación era más sencilla y satisfactoria para quien les escribe. Aquellas visitas no habían llegado guiadas por el caprichoso azar, sino por su libre albedrío, y no eran ni más ni menos que varios de mis alumnos.

Como se ha expresado arriba, el placer de saberse leído no se corresponde con el escaso interés que pongo en publicitar el blog, ya que esta propagación se limita a incluir en la firma de mi correo electrónico, junto a la cita de Woody Allen de turno, una sugerencia, aunque en imperativo, de visita virtual por este rincón. Prácticamente olvidado de este hecho, otorgué a mis alumnos mi dirección electrónica para cualquier eventual duda, comentario, sugerencia, petición o soborno. Más de uno aceptó este ofrecimiento y fue así como la dirección de este mi hogar virtual llegó a sus manos. Y lo agradable del asunto es que no solamente llegaron a este rincón, sino que muchos de ellos se quedaron y, cuando los malditos profesores les dejamos algún escaso hueco sin deberes ni exámenes, se complacen en leer alguno de mis desvaríos pasados.

Puro peloteo, estará suponiendo el ávido lector que sigue a rajatabla aquello de “piensa mal y acertarás”. No juraría lo contrario, pero mi tendencia es a pensar que no es así, ya que muchos de ellos no confesaron haberme leído hasta que otros lo hicieron previamente. Supongo que si yo, en un desesperado intento por engatusar a alguien del cual espero un trato favorecedor, quisiera alagar sus escritos, buscaría la forma de que lo supiera sin necesidad de esperar a introducir un mero “yo también” tras el reconocimiento de otro compañero. Así pues, y recordando aquellos versos de Víctor Manuel en que decía “si alguien nos dice te quiero, aunque sea mentira se debe creer”, su humilde servidor se queda más a gusto que un arbusto creyéndose que realmente sus entradas gustan a un pequeño grupo de adolescentes deseosos de conocimiento o, quién sabe, de controlar un poco mejor las ideas de aquel que intenta enseñarles algo de matemáticas.
En definitiva, solamente me resta lo que el título de esta entrada indica, esto es, agradecer sinceramente a estos mis noveles tripulantes su interés y su apoyo, el cual he querido corresponder dedicándoles estos sinceros párrafos. Supongo que ellos hubieran preferido el agradecimiento en forma de algún punto extra en alguno de los exámenes que aún compartiremos, pero ya que mi honradez profesional y mi intacto sentido de la moral me lo impiden, se tendrán que conformar con mi promesa de un trato lo más justo posible y de mi máximo cariño cuando sea el momento de corregir sus sufridas pruebas.

miércoles, 4 de noviembre de 2015

El respeto al difunto


Hace ya algunos, bastantes años (no recuerdo el dato exacto y, sinceramente, no tengo ganas de buscarlo en Wikipedia) que abandonó este mundo un personaje al que podríamos definir, por empezar con adjetivos livianos, como singular. Me refiero al que fuera alcalde de Marbella y presidente del Atletico de Madrid, sí, ese mismo, Jesús Gil. Sinceramente, desde el momento en que comencé a saber de él, a escuchar sus ridículos comentarios, a leer sus incoherentes declaraciones o a observar sus payasadas en esa cadena televisiva que parece que desea inmortalizar su espíritu promoviendo el mismo tipo de programas absurdos y de mal gusto, desde ese momento, decía, me cayó tal cual me caería una buena patada en la barriga tras haberme metido entre pecho y espalda una de las suculentas y copiosas cenas de Nochebuena de mi abuela.
El caso es que era una de estas personas que difícilmente te dejan indiferente. O bien empatizas completamente con él e incluyo lo admiras, o bien te repele cual olor a pescado podrido. No obstante me aventuro a decir, sin haber realizado ningún estudio ni estadística al respecto, que aquellos que nos incluíamos en el segundo grupo superábamos notablemente a sus simpatizantes. Así pues, mientras aún seguía entre nosotros dando guerra, no era extraño escuchar, tanto en medios de comunicación como en conversaciones entre amigos, calificativos referidos a su persona como payaso, fantasma, energúmeno, bruto, engreído, malnacido y otros más soeces que omitiré para que este humilde blog aún mantenga un mínimo de buen gusto en el uso del léxico.
Pero, cual disco de vinilo que llega a su fin, cuando le sobrevino la parca a este personaje también desaparecieron todos estos comentarios despectivos. Parece que en ese momento en el que alguien nos abandona solamente está permitido evocar sus buenas acciones en vida, y si no hubo se inventan. No estoy diciendo, me libre de ello cualquier divinidad que circule por el etéreo, que debiéramos alegrarnos de esa defunción, y si es que fuera ese caso no debería expresarse más allá de nuestra propia mente. No diré que no existan, pero son pocas las personas de las que debiéramos desear que la dama blanca las acompañara a algún lugar donde no pudieran hacer daño a sus semejantes. Pero esto no significa que debamos cambiar tras su muerte nuestra opinión sobre aquellos seres que en vida no nos congratulaban. No entiendo por qué en su momento nadie, o casi nadie, dijo de este elemento algún comentario similar a “no es que me alegre de su fallecimiento, pero desde luego era un caradura y un capullo integral” (¡hala, al garete el buen gusto en el uso del léxico!).
He personificado esta opinión en un caso concreto, pero desde luego que es perfectamente válida para una infinidad de individuos, cercanos y conocidos personales o distantes y a los cuales solamente conocemos a través de los medios. De la misma manera que a día de hoy creo que nadie tendría ningún reparo en amontonar sobre el nombre de Hitler los más despiadados insultos y los más terribles deseos, no deberíamos reprimir nuestras opiniones sobre aquellos que nos dejaron. Lo sé, no se puede comparar a un exterminador de vidas con el vecino del tercero que agacha la cabeza para no saludarnos si el azar nos cruza en el portal, pero el día que este vecino mío falte seguiré pensando que era estúpido con avaricia.
Supongo que la explicación reside en pensar que el hecho de saber que un difunto no podrá escuchar, y por tanto rebatir, nuestras críticas hacia su persona nos puede hacer sentirnos más cobardes, a pesar de que en el caso de que la persona en cuestión aún viviera raramente le daríamos nuestra opinión a la cara, o por respeto y por demostrar nuestra exquisita educación o, en el caso de personajes públicos, porque por más que lo intentamos no conseguimos concertar una cita con ellos. Pero precisamente por ese motivo, ¿qué más nos da que el sujeto esté criando malvas o, simplemente, con sus tímpanos lejos de nuestras cuerdas vocales? Así pues, permítanme que defienda que el hecho de que alguien esté o no entre nosotros no condicione ni nuestra opinión ni lo que comentemos abiertamente sobre quien corresponda.

jueves, 3 de septiembre de 2015

De moda en moda


Todo el mundo sabe lo que es ir a la moda. Es más, casi todo el mundo sabe lo que en una determinada época, más larga o más corta, está de moda, mundialmente, nacionalmente o simplemente en tu ciudad, barrio o calle. Y si no se conoce, no resulta demasiado complejo averiguarlo: salir a la calle, ver la televisión, mirar los carteles publicitarios de la carretera, pasearse por las tiendas, escuchar discretamente las conversaciones vecinales… Hop, en escasos minutos podemos haber recapitulado perfectamente una importante montaña de objetos, personas, estilos que están in, como se dice ahora. Así pues, quien realmente desea estar a la moda no lo tiene demasiado difícil.
La pregunta que se hace este humilde navegante no es la que puede parecer tan evidente, esto es, si debe uno esforzarse por estar al día o debe seguir sus propios gustos de forma subjetiva sin verse influenciado por los de sus amigos, familiares o compañeros. Mi respuesta, por no dejar lectores ávidos de conocer un poco más a quien les escribe, sería sin duda la segunda, pero insisto que no es el tema a tratar en esta entrada. La pregunta es, ahí va de una vez por todas, ¿cómo surgen las modas? O más bien, ¿quién decide lo que está a la última y lo que no?
Personalmente se me ocurren dos posibles opciones, más las que posteriormente nazcan de una adecuada síntesis de ellas, dando mayor peso a la que se considere. Tal vez una determinada moda la imponga un grupo de gente, un número de personas, mayor o menor en función de la extensión terrestre donde se pretenda instaurar, que bien por previo acuerdo o bien por el caprichoso azar, deciden coincidir en un determinado aspecto de su imagen, de sus gustos o de su estilo de vida. Tal vez, sería la otra opción, alguien con el suficiente poder como para manejar ciertos medios de comunicación o empresas con acceso a un importante público sea quien decide que tal objeto o tal manera de actuar sea la que deba triunfar en los próximos meses. Tal vez, como mencioné más arriba, sea una combinación entre ambas posibilidades previamente ponderada.
Si me permiten expresar una opinión completamente subjetiva, mi síntesis tendría un porcentaje bastante mayor, digamos como un ochenta, de la segunda posibilidad y un veinte de la primera. Me baso para decir esto en que, si bien las casualidades están ahí y pueden dar alguna que otra sorpresa, no me parece excesivamente probable que tanta gente sienta predilección por algo simultáneamente en el tiempo. Se me viene con estas palabras un caso a la mente, una película de animación que, personalmente, su visualización me dejó “congelado”. Confío en que el avispado lector sepa deducir el título del filme sin obligarme a hacerle una publicidad tan gratuita como innecesaria. En cualquier caso la idea que pretendo transmitir es que la calidad de esos dibujos no se me antoja ni de lejos acorde a la inmensidad de productos que a día de hoy son acompañados con las imágenes de sus protagonistas. Obviamente para gustos los colores, pero a mi escéptica mente le cuesta horrores aceptar que millones de infantes en todo el ciego planeta se hayan puesto de acuerdo en admirar y apostar por estos personajes. Más bien mi abstracto y a veces retorcido cerebro tiende a priorizar la posibilidad de que, viendo que el filme, aunque esta opinión es extrapolable a cualquier otra obra o característica, ha tenido un relativo aunque no desmesurado éxito, algún ingenioso visionario y genio de los negocios se haya propuesto inculcar al resto de jóvenes, aquellos a los que la película tampoco es que apasionara, la sentencia de que si no se hacen con sus pegatinas, camisetas, platos, bragas y calzoncillos, cepillos de dientes, carpetas, fundas para la tablet, comida para el perro y cordones para los zapatos, digo, si no poseen todo eso se encontrarán fuera de la onda, sus compañeros los rechazarán por bichos raros, quedarán marginados, nadie hablará con ellos y acabarán el resto de sus días solos sin una triste alma en pena que los entienda.
Me he tomado la licencia de ejemplificar mi tesis con el género juvenil por ser considerado más moldeable y asequible al engaño, pero aquellos que sobrepasan ya la mayoría de edad, ya sea con mayor o menor margen, no están exentos de estos bombardeos, y si es así es porque ese acoso suele venir acompañado de resultados más que satisfactorios.
Un par de conclusiones para poner la guinda a esta entrada. En primer lugar, desear sin demasiada esperanza que los peces gordos nos dejen escoger lo que nos atrae y lo que no sin condicionamientos. En segundo, si mi teoría tiene algo de cierto, cualquier cosa se podría poner de moda con la suficiente inversión. Es decir, que si algún magnate con suficiente poder tuviera interés podría convertir este humilde blog, cuyo número medio de visitas diarias omitiré porque mi escaso sentido del orgullo me impide dar ese ridículo dato, en uno de los portales virtuales más visitados a nivel nacional. Ahí lo dejo caer.

miércoles, 5 de agosto de 2015

Confirmando la edad

Ando ya por los treinta y tantos tacos. Como otra mucha gente que proviene de finales de los setenta o principios de los ochenta, me he criado con Espinete, he jugado a las canicas, he suspirado para que en algún maldito sobre apareciera el cromo de Michael Laudrup, he bailado como un payaso la Macarena y me he confirmado. Puede parecer que esta última afirmación se sale un poco de la línea del resto de tópicos sobre esa dorada época, pero deben de ser muy pocos los españoles de esa quinta que no recibieran ese sacramento. Era una serie que se hacía casi por inercia: se te remojaba el cogote recién nacido para que quedaras bien bautizado (y así dejaras de ser moro, como dicen los cuentos de viejas), luego con ocho o nueve años te daban una buena hostia y así hacías oficialmente tu primera comunión y, unos años después, supuestamente con más uso de razón, el clérigo de turno oficializaba la confirmación, prueba de que ratificabas los dos sacramentos anteriores.
Uno de los enigmas que nunca alcancé a entender de este sacramento era variedad en la edad a la que había de recibirse. Al igual que la edad para comulgar siempre ha sido más o menos fija, no ha sido así para la confirmación. Personalmente me confirmé con diecinueve añacos y ya cerca de peinar canas, aunque fue por una circunstancia excepcional, la gente de mi grupo era un año menor. Pero el caso es que diversos conocidos, familiares o compañeros de estudios, ya habían realizado este acto con diecisiete o, incluso, dieciséis primaveras. Podría parecer que todo dependía del momento en el que uno se sintiera preparado o, tal vez, de la intensidad de sus ganas de fiesta y jolgorio (me inclino más por esa opción).
Pues bien, a día de hoy, un trío de lustros después y con el número de canas multiplicándose, mi trabajo como docente me permite y obliga a estar en contacto constante con adolescentes. De tal forma, me resulta inevitable en frecuentes ocasiones enterarme de sus comentarios e inquietudes, bien porque ellos mismos no tienen pudor alguno para ocultármelo o, incluso, contármelo abiertamente, bien porque, aunque lo estén hablando en un segundo plano, un servidor saca a la maruja que lleva dentro y conecta la parabólica para sintonizar la onda adecuada. Sea como fuere, la realidad es que cuando el mes de mayo se divisa el tema de la confirmación suele estar a la orden del día. Es gracias a esto que conozco por diversas fuentes que la edad habitual en estos tiempos para recibir este sacramento es la de quince años o, incluso, catorce. Traducción: en escasas dos décadas la edad usual para confirmarse se ha reducido aproximadamente unos cuatro años, lo que puede parecer insignificante en personas algo más maduras pero que en plena adolescencia supone más de un veinte por ciento, lo cual no es moco de pavo.
¿Tiene este adelanto temporal alguna razón lógica? Un servidor tiene una hipótesis que, con permiso del lector, paso a exponer. Recuerdo que muy poco tiempo después de ser confirmado fue cuando mis valores eclesiásticos comenzaron a derrumbarse y comencé a sentir cierto repelús por el clero. Fue una época de cuestionármelo todo, de ver sinsentidos diversos y de hacer tambalearse todos los cimientos que durante casi dos décadas se habían ido consolidando. En principio mi teoría se basó en que esa época de apostatar coincidió con mis inicios como prototipo de científico en la facultad de matemáticas, aunque a fecha de hoy tiendo a pensar que es cuestión de edad, de que llega un momento en la vida de la mayoría de personas en que comienzan a cuestionarse ciertos temas. En los ochenta y noventa esa edad no solía adelantarse al momento de la confirmación, ya que los efectos de tanto domingo en misa escuchando que iremos al infierno solían durar hasta esa etapa; a día de hoy, sin semejante colchón eclesiástico, existe la posibilidad de que ese replanteamiento de los valores pueda adelantarse en el tiempo. Con esta precocidad confirmativa todos salen ganando: nuestra alocada juventud logra anticipar un buen motivo para una salvaje fiesta casi un lustro; la iglesia, ese organismo al que cada año cedo una porción de mi declaración de la renta (léase en tono sarcástico), por su parte, evita que una importante masa adolescente piense de más y sufra una fulgurante crisis religiosa antes del tercer sacramento.
Esta es mi teoría, por supuesto digna de críticas y posibles argumentos en contra pero, al menos eso creo, perfectamente lógica.

lunes, 13 de julio de 2015

Aceptando lo inaceptable


Más de uno me podrá achacar que, como matemático confeso que soy, me deje los temas lingüísticos para aquellos que controlen más los asuntos literarios, pero, en contra de lo que muchos piensan, las ciencias y las letras no están en absoluto enfrentadas. Para muestra un botón, este humilde servidor que, si bien profesionalmente se gana las lentejas gracias a números, algoritmos y raíces cuadradas varias, es un ferviente defensor del buen escribir y que, no en vano, hace lo posible por sustentar este pequeño rincón virtual a base de ensayos de calidad discutible.
Es por esto que me siento en pleno derecho de emitir una enérgica crítica contra una institución que, por otra parte, admiro y respeto como es la Real Academia Española. Cada año surgen inevitables polémicas cuando llega una nueva hornada de vocablos nuevos, pero no va por ahí mi indignación. Soy perfectamente consciente de que la humanidad avanza, la tecnología también, las modas cambian y nuestro lenguaje debe adaptarse a los nuevos tiempos. No tendría sentido, por ejemplo, que a día de hoy la RAE no aceptara términos como Internet o móvil. Es cierto que en ocasiones se cuelan vocablos demasiado precipitados y que no han llegado a ser tan aceptados como para que su inclusión no genere polémica, pero bueno, este punto lo puedo perdonar.
Lo que no me siento en disposición de indultar es cuando, por el frecuente mal uso dado desde el populacho, se aceptan como válidas palabras, conjugaciones o expresiones que anteriormente se consideraban errores gramaticales o sintácticos. Disculpen mi osadía, señores académicos, pero me parece una actitud bastante cobarde el hecho de que la forma de evitar que se caiga en un error sea dejar de considerarlo como tal. Salvando las distancias, pero me van a permitir que realice una extremista comparación. Imaginen que, de repente, se multiplica exponencialmente el número de hombres que agreden físicamente a sus respectivas parejas. Nuestra seguridad estatal, o el organismo competente, no puede aceptar que en nuestro país se cometan tantas ilegalidades, así que decide que el maltrato físico al cónyuge esté tolerado y así se erradican de una tacada cientos de miles de delitos. Suena ridículo y completamente ilógico (y si a algún lector le parece realmente una solución adecuada le invitaría amablemente a abandonar este rincón virtual para no volver nunca más). Pues bien, esta irreal situación la veo bastante equivalente, insisto, salvando las distancias, ya sé que hablando o escribiendo mal no se le hace daño físico a nadie, tal vez simplemente a su oído o su vista pero no más, decía, me parece equivalente a las aceptaciones de la RAE.
¿Quieren casos concretos? Faltaría más, allá vamos. Solo. ¿Adverbio o adjetivo? Hasta hace no mucho se podía diferenciar su función por una tilde o su ausencia sobre la primera vocal. Ahora, aunque muchos seguiremos escribiendo la tilde cuando de un adverbio se trate incluso sin estar obligados a ello, tendremos que calentarnos la cabeza cuando leamos ese vocablo sin tilde y nos tocará investigar cuál es su función. Otra. ¿Saben ustedes lo que es un murciégalo? Sí, un murciéGaLo, ese mamífero con alas nocturno que se asocia con frecuencia a los vampiros. Vamos, lo que de toda la vida de Dios ha sido un murciélago. Pues bien, si por algún motivo usted, amable lector, tenía interiorizado el error de intercambiar la ge con la ele, ya no tiene que preocuparse, ya habla usted perfectamente, al menos esta palabra. Y así otras como toballa o almóndiga. ¡Manda uebos! (sí, también se acepta así).
Acabaré poniendo un último ejemplo que afecta a mi condición profesional. Exágono. No me pueden negar que acaban de sentir un dolor de ojos similar a una patada en los riñones. Pues, en efecto, también está admitido. Lo que disfrutaba yo bajando décimas en aquellos exámenes en que aparecía mencionado el polígono de seis lados sin la hache inicial, y resulta que ya no es lícita esa penalización, pues la ortografía es correcta. Y no se piensen que es algo tan nuevo, esta aberración la descubrí hace más de diez años, a lo cual añadiremos el tiempo que ya llevara en circulación. Mi único consuelo es que al escribir esta entrada he vuelto a buscar este delito en la web de la RAE y, aunque sigue estando aceptado a día de hoy, aparece como “artículo propuesto para ser suprimido”. Algo es algo, podré volver a penalizar como se merecen aquellos controles con este gazapo, pero el avance es inexistente si, a cambio de que la hache vuelva a ser obligada en este hermoso polígono, son ahora mis compañeros de Ciencias Naturales los que deberán morderse la lengua y contener sus ganas de penalización cuando en un examen algún pupilo les ponga como ejemplo de  mamífero volador un murciégalo.

viernes, 3 de julio de 2015

Idolatrías varias

¿A quién pretendo engañar? Nadie puede negar que a todos nos reconforta sentir en nuestras propias carnes la admiración de propios y extraños. Pero, dado que recibir elogios de gente más allá de nuestro cercano prójimo suele ser harto difícil y estar solamente al alcance de una selecta minoría, escasas veces merecedora y en la mayoría de casos más fruto de un bombardeo mediático que de méritos reales, el más amplio abanico de los mortales hemos de conformarnos con la admiración de aquellos que nos rodean. En cualquier caso, aunque provengan de nuestros progenitores, del vecino del cuarto o de aquel envidioso compañero de trabajo cuyo fronterizo comentario puede parecer rayar el sarcasmo, la realidad es que un cariñoso halago siempre sienta bien.
En mis no demasiado abundantes años como docente reconozco haber sido frecuente objetivo de comentarios halagüeños provenientes tanto de mis (a veces) adorables pupilos como, incluso, de sus propios padres. No voy aquí a relatar todas y cada una de las muestras de cariño recibidas (aunque reconozco que sería un aceptable empujón para mi, en ocasiones malherido, ego), pero, como dice la canción, hay que dejarse querer. No me son extrañas reflexiones como “eres el mejor maestro que he tenido”, “contigo me están gustando las matemáticas”, “profesor, eres mi ídolo”, …
¿Ídolo? ¡¡¿¿Ídolo??!! Blip, blip, blip, alerta roja, salió a relucir la palabra maldita, ese vocablo al que temo como al mismísimo demonio. Aún desde mi ateismo diré que Dios me libre de convertirme en ídolo de nadie. Y no, créanme, porque no me guste que se me reconozcan mis méritos, pero de ahí a convertirme en ídolo de nadie hay una diferencia más que abismal. Quiero fervientemente pensar que los adorables alumnos que me dedican en ciertas ocasiones (tampoco tantas, no se crean) esas emotivas palabras no están asumiendo en su totalidad el concepto de ídolo, es decir, el de esa persona a la cual deseas asimilarte hasta en el más ínfimo detalle. El razonamiento lógico guión deductivo guión matemático es bastante elemental: yo no soy perfecto, pero toda persona debería tener la obligación moral de, aún asumiendo que la perfección no existe, acercarse lo máximo posible cual línea del horizonte. Por tanto, ¿qué interés debería tener nadie en parecerse a alguien que no es perfecto (de hecho, en mi caso alguien que está bastante lejos de este estado idílico)? Contradiría la premisa anterior de deber buscar la perfección. Conclusión, una de dos, o bien tengo alumnos excesivamente poco ambiciosos que dan por bueno parecerse a un ser que, con ciertas virtudes, no deja de ser un manojo de defectos, o bien, opción que quiero creer, su concepto de idolatría no es tan amplio y solamente hace referencia a algún aspecto de mi persona.
Me he permitido la licencia de ejemplificar mi opinión sobre la inconveniencia de las idolatrías con mi persona, pero mi comentario se hace perfectamente extrapolable a cualquier otro ser. Permítanme proponerles otro ejemplo bastante más extremo. Si alguien pudo reunir las características necesarias para convertirse en ídolo, al menos parcial, de los matemáticos del mundo, ese fue, sin duda, Gauss. Sin entrar en detalles sólo les diré que hizo méritos más que suficientes para ser considerado el príncipe de los matemáticos. Ahora bien, por lo que se ha escrito sobre él parece ser que su actitud siempre fue bastante prepotente y chulesca y que incluso antepuso sus trabajos matemáticos a una gravísima enfermedad de su esposa. Por tanto, ¿qué interés podría tener yo, como matemático y gran admirador del trabajo de Gauss, en convertirme en un chulo insensible? Francamente, ninguno.
La conclusión, así pues, creo que resulta sencilla. Como idolatrantes, no idolatremos personas, idolatremos algún aspecto de ellas, alguna faceta, algún trabajo, pero no a ellas, pues de buen seguro tendrán defectos; y como idolatrados, quien tenga la suerte de serlo, no pretendamos ser admirados por todo lo que hacemos, no ocultemos nuestros defectos y procuremos reorientar a aquellos posibles admiradores que quieran formarse a nuestra imagen y semejanza.

martes, 30 de junio de 2015

Adiós, Calipso

Es curioso. Cuando, hace ya quién sabe cuánto, decidí embarcarme en este viaje literario y virtual y adopté al héroe griego Odiseo como pseudónimo por su valentía de enfrentarse a los dioses, por su ingenio y por su casi eterno viaje por aguas del Mediterráneo, cómo iba yo a suponer que ahora, un lustro después, iba a hacer su aparición una nueva y curiosa similitud. ¿Conoce usted, amable lector, lo que le sucedió a Odiseo con la maga Calipso? Sí, Calipso, aquella ninfa radiante de belleza que un buen día engatusó a este viajante y lo retuvo durante varios años en su isla sirviéndose de sus encantos y de otro buen manojo de placeres materiales y espirituales. No me siento con el aplomo suficiente como para culpar a Ulises, por utilizar su variante latina quizá más conocida, por haber abandonado su interminable travesía plagada de obstáculos y haber cedido a ese amplio y, por qué no, merecido receso. Pero el viaje debía continuar. La Odisea merecía, sin duda, un final más hollywoodense y así nuestro admirado Odiseo prosiguió su marcha hacia su Ítaca natal.
Quizá, querido lector, no sea usted tan sumamente observador como para percatarse de la titánica diferencia temporal entre la anterior entrada y la presente, y no le culpo, creo que no llegué a dejar a tantos fieles apartados tras sucumbir a Calipso. Eso sí, si bien puede no ser observador, de buen seguro que es usted lo suficientemente curioso como para haber hecho ya ese cotejo de fechas y haber podido de tal forma corroborar que no tendría yo ningún derecho a culpar al bueno de Odiseo de su alto en el camino.
Pues así me encuentro, pretendiendo emular a mi idolatrado personaje, con la firme intención de retomar también mi odisea literaria, de seguir navegando por los mares de la mente y de la ilusión. ¿Que qué me ha hecho querer retomar este aislado y abandonado proyecto ya casi olvidado? No lo sé. Quizá una situación, una frase, un pensamiento, una persona, un gesto, un sonido, una canción, un sentimiento, una imagen. Qué más da. ¿Realmente es necesario un motivo para levar anclas y otorgar al viento permiso para que me sumerja de nuevo en las aventuras que el destino me tenga reservadas?
Allá vamos de nuevo, pues, girando el timón hacia un incierto destino, quién sabe si para llegar a Ítaca, si para seguir deambulando por la inmensidad marina, o si para avanzar escasas millas y desembarcar en alguna isla vecina tentado por la diosa de turno, quedando de nuevo mi pequeño rincón de la red dejado de la mano de Zeus. El tiempo, ese eterno curandero, lo dirá.

jueves, 20 de septiembre de 2012

Morralla virtual

Hay ocasiones en las que uno lee un libro y acaba blasfemando contra él por su pésima calidad. A veces no se precisa ni realizar la lectura, basta con observar el título (en plan "memorias de la Pantoja" o "los cien mejores chistes de Arévalo") para pronosticar, con total éxito, la nula calidad de la obra. En todos estos casos se suele pensar, o al menos yo, que menudo gasto de papel inútil, que vaya árboles más tontamente sacrificados o que se podía aprovechar la tinta en cosas algo mejores. El caso es que esta misma sensación no se suele tener cuando uno ve el equivalente a estos "libros" pero en la red, una cantidad de lugares virtuales que bien podrían desaparecer y el mundo seguiría girando tan pancho.
Pero no solamente quiero hacer referencia a lo ridículo del contenido de algunas webs, que en efecto son para escupirle a la pantalla de nuestro ordenador, sino que quería hoy centrarme en el contenido superfluo de la red, en la colosal cantidad de material que se va copiando de un lugar a otro y que acaba por ocupar un porcentaje de la intranet que ni por asomo merece. Y para explicar, y a la vez probar empíricamente, mi teoría he querido realizar un pequeño experimento, el cual paso a exponer.
De todos es sabido que una de las páginas más recurridas a la hora del plagio descarado es Wikipedia. No voy aquí a indagar en la fiabilidad de sus contenidos (que podría), sino que simplemente deseo comprobar cuántas páginas comparten determinado contenido con esta enciclopedia. Para ello simplemente he realizado una búsqueda de algo suficientemente conocido, he copiado un párrafo considerable (no solamente dos o tres palabras) y he buscado en google cuántos resultados arrojaba con esos mismos vocablos y en ese mismo orden (con una búsqueda entrecomillada). En primer lugar he usado la entrada dedicada a Rafa Nadal y he copiado textualmente el siguiente párrafo:
Del mismo modo, también es el único tenista masculino de la historia que ha ganado en un mismo año (2010) tres Grand Slam en tres superficies distintas.
Pues bien, este texto de 27 palabras (google no permite, al parecer, buscar más de 32 palabras) y que contiene variedad gráfica (puntos, comas, paréntesis...) arroja la friolera de 3160 resultados. Casi nada. Si contamos todas las páginas que se han ido copiando unas a otras sin cambiar ni una coma obtenemos un total de 3160 webs (que serán 3161 cuando se publique esta entrada). A mí, personalmente, me parece una barbaridad que haya, de un plumazo, 3159 páginas que se podrían suprimir y la red no perdería información alguna.
Pero permítanme que no pare aquí, pues quizá a alguien le puede parecer que no son tantos esos resultados. Es posible que haya elegido una búsqueda algo particular, pues se trata de un personaje vivo y en activo, cuyos datos pueden ir cambiando con el tiempo. Hagamos lo mismo con alguien cuya vida, de buen seguro, ya no va a sufrir muchos cambios. Entremos en el apartado de Wikipedia dedicado a Mozart y seleccionemos un texto de 32 palabras, por ejemplo el siguiente:
En palabras de críticos de música como Nicholas Till, Mozart siempre aprendía vorazmente de otros músicos y desarrolló un esplendor y una madurez de estilo que abarcó desde la luz y la

Metemos el texto entre comillas en el buscador de google, le damos a buscar y... voilá! Nada más y nada menos que 137000 resultados (que ahora serán 137001). Miles de páginas de biografías o similares que han copiado sin delicadeza alguna el texto tal cual de otra web, sea Wikipedia u otra. En fin, si a algún lector le parecen pocos resultados 137000 yo ya abandono el blog y me dedico a la cría del escarabajo de la patata.

Quizá me salga levemente de mi temática, pero no me resisto a plasmar una de las anécdotas más curiosas en mi vida laboral como profesor. En cierta ocasión propuse a mis alumnos realizar un trabajo de ciertos matemáticos, investigar un poco sobre su vida y obra pensando, iluso de mí, que alguno iba a coger una enciplopedia o algún libro de consulta. Lo gracioso no es que descubriera, sin demasiada dificultad, que la mayoría de los trabajos eran un copy-paste de alguna página web, sino que uno de mis pupilos me entregó la web imprimida tal cual, con la publicidad de una línea erótica de contactos en el lateral incluída.
En definitiva, mi intención es promover la originalidad de lo que se publique, sea en una web o en un libro. No es pecado sacar algún dato, nombre o fecha de otras páginas, pero de ahí a calcar párrafos enteritos hay una diferencia más que notable. Como decía aquel anuncio de la tele, don't imitate, innovate.
 
 

lunes, 3 de septiembre de 2012

Depresión posvacacional

Somos muchos los que en estos comienzos de septiembre finalizamos nuestros periodos vacacionales y hemos de volver a nuestra rutina laboral. Las noticias y los telediarios, seguramente, comenzarán a hablar de ese síntoma que llaman "depresión posvacacional". Yo soy uno de los que vuelvo al trabajo en estos días y, aunque no creo llegar al nivel de depresión, sí que me invade un pequeño bajón moral. Se me pasa pronto, en un par de días, pero hasta entonces no dejo de echar de menos esos días de no madrugar, de tener tiempo libre para retomar viejas aficiones o, simplemente, de descansar.

Sé que puede resultar un poco egoísta quejarme de este retorno laboral cuando hay mucha gente que no tiene un trabajo al que volver, pero uno no puede controlar sus propias sensaciones, sería una completa falta de sinceridad decir que estoy deseando retomar, en mi caso, las pizarras, los papeles, los libros... Eso sí, tampoco me asusta esta sensación, desde bien pequeño me cuesta horrores la "vuelta al cole", tanto en el propio colegio como en el instituto o en la universidad. Por eso, sé de sobra que en unos días desaparecerá este bajón.

En fin, no pretendo aburrir a nadie con mis penas, pero, como dice un sabio dicho del pueblo español, "mal de muchos, consuelo de tontos". El saber que hay mucha gente en las mismas circunstancias y con las mismas pocas ganas que yo de volver al curro parece que me alivia un poco. Por eso esta entrada, simplemente para que podamos desahogarnos conjuntamente todos los que finalizamos nuestro recreo y vamos sin ninguna gana y con cara de asco el primer día de vuelta. Por eso, no os cortéis y permitidme que sea un firme hombro para que lloréis esta conclusión del periodo estival. ¿Tenéis también vosotros este pequeño bajón o lo lleváis mejor?

martes, 21 de agosto de 2012

Extremismos publicitarios

Hoy tengo intención de hablar de la publicidad en la televisión, eso que tantos de nosotros hemos maldecido en un sin fin de ocasiones. Y es que, como en tantas otras situaciones, qué difícil resulta buscar el punto intermedio de las cosas. Parece que siempre tenemos que elegir entre el blanco o el negro, cuando resultaría tan bonito poder optar por el gris azulado. En televisión ocurre eso mismo, o bien nos resignamos a zamparnos cortes de veinte minutos en lo más interesante de nuestros programas o películas favoritos, o bien nos los tenemos que tragar de golpe y sin un mísero minuto de descanso.

Por una parte tenemos las cadenas privadas, las que rivalizan por ver cuál de ellas nos bombardea con mayor efectividad y durante mayor tiempo. A veces no nos damos cuenta, pero hay ocasiones en que durante cada hora de programación emiten más de veinte minutos de secuencias propagandísticas, lo cual viene siendo una tercera parte de la emisión. No creo que yo sea el único que, cuando acaba este eterno periodo de anuncios, ni se acuerda de qué diantres estaba viendo. Además, últimamente tienen la poca vergüenza de comprar nuestra permanencia en ese canal poniendo avisos de “volvemos en seis minutos”. ¿Realmente les parecen pocos seis minutos de anuncios? Hombre, comparados con las dos decenas que nos colocan habitualmente, seis minutos no son nada, pero tampoco me parece algo de lo que enorgullecerse. Además, dicho sea de paso, esos minutos que, según ellos, debemos esperar, nunca son exactos, siempre son, como mínimo, cuarenta segundos más de lo que dicen. No es que sea demasiado el error, pero, qué quieren que les diga, no me hace ninguna gracia que me tomen por tonto.

Y, aunque no sea el tema principal que pretendía tratar, aprovecharé para criticar la simultaneidad de los cortes en las cadenas del mismo grupo. Cuando la cadena principal pega el corte, lo tienen que hacer también todas las asociadas. Lo gracioso es que dan paso a la publicidad donde toque, cortando escenas, estropeando frases e, incluso, en medio de un opening. Además de quedar de lo más cutre, creo que resulta perjudicial para los propios canales, pues los que tenemos la sana costumbre del zapeo en estas interrupciones nos saltamos olímpicamente el resto de canales de la familia, sabedores de que su contenido será el mismo que estábamos viendo antes de comenzar nuestro desplazamiento dactilar por el mando. En fin, ellos sabrán.

En contraposición a estas reiteradas quejas viene en nuestro rescate la televisión pública con la flamante teoría de que algo que se haga llamar público no debe tener relación alguna con empresas privadas. Dicho esto, desde hace unos años quitaron tajantemente la publicidad de estas cadenas. Aquí ya podemos encontrar una amplia diversidad de opiniones. Yo les voy a exponer aquí la mía.

Por un lado, las quejas anteriormente mencionadas, creo, no iban contra la publicidad, sino contra el exceso de ésta. A mí, personalmente, no me molesta algún minutito suelto en mitad de una emisión por si me apetece ir a beber agua o atender algún asunto pendiente con el señor Roca. Pero vamos, que para eso me basta con un par de minutos, incluso suponiendo que la reunión con don Roca se alargase algo más de la cuenta. Imagínense, hace unos meses pusieron Lo que el viento se llevó sin cortes. Cuatro horas en las que, o bien aguantas cualquier tipo de necesidad que tu cuerpo te requiera, o te resignas a perderte parte de la película.

Añadido a esto tenemos la pérdida de una importantísima fuente de ingresos para subvencionar toda la programación, quedando todo a expensas del dinero público que, como todos sabemos, es más bien escaso. Si en España sobrara el dinero y no supiéramos qué hacer con él, pues quizá podríamos permitirnos tranquilamente ese lujo, pero me temo que no es el caso.


Y, por último, no se han suprimido por completo los cortes en estos canales. Entre programa y programa siempre cae algún “volvemos en dos minutos”, pero que se limitan a promocionar sus propias series, programas o, incluso, algún disco o libro patrocinado por ellos mismos. Absurdo, pues uno se pregunta: ¿qué interés tienen en publicitarse a ellos mismos? La respuesta posible sería el interés por el aumento de la audiencia. Ahora bien, ese interés de una cadena por su audiencia solamente es justificable cuando una empresa privada, interesada en estropearnos una película intercalándose entre sus fotogramas, busca invertir en el canal con mejor audiencia para rentabilizar mejor su inversión. Pero si recordamos que nuestras cadenas públicas no emiten anuncios privados, queda anulada esta teoría y a un servidor lo dejan sin saber qué pensar. En el caso de los blogueros, que publicamos sin ningún ánimo de lucro, tenemos la propia satisfacción personal, ese pequeño cosquilleo que nos invade cada vez que vemos que tenemos un nuevo seguidor o que alguien ha comentado una entrada de nuestro rincón, pero dudo mucho que los dirigentes de estas cadenas busquen algo distinto a ese poderoso caballero que es don dinero.

En resumen, y al igual que empecé, defiendo la búsqueda del punto intermedio, de ese color que está entre el blanco y el negro, que la mayoría de veces no son las cosas en sí las que son malas, sino su exceso. Anuncios sí, pero sin agobiar. Ya lo decían los griegos: μήδεν άγαν, esto es, “nada en exceso”. 

sábado, 4 de agosto de 2012

Pasión nacional forzada

Quería comenzar esta entrada felicitando, de forma virtual y sin ninguna esperanza de que estas líneas lleguen a sus ojos, a Roger Federer por su victoria en Wimbledom el pasado mes de julio. Es un deportista al que admiro bastante, tanto como persona, por su humildad y su simpatía, como tenista, por su elegancia y su saber ganar y perder. Me alegré tanto por su victoria sobre Djokovic como por su vuelta al número uno del ranking de la ATP después de mucho tiempo. Así pues, si lees esto, Roger, te doy mi más sincera enhorabuena; si no lo lees, al menos me quedo con la conciencia tranquila.

Este ligero goce interno me hizo reflexionar sobre la cuestión que me dispongo a tratar, vaya por delante que de forma exclusivamente deportiva, y es ese innato patriotismo que nos invade cada vez que vemos un partido. Parece que estamos obligados, por el mero hecho de haber nacido en determinado país, a apoyar incondicionalmente a cualquiera que comparta nuestra nacionalidad y a desear a toda costa su éxito. Bien pensado, esto condiciona de alguna manera nuestra libertad de pensamiento, ya que da la impresión de que velar por el triunfo de cualquier deportista o equipo de otro país está mal visto. A lo sumo se nos permite opinar bien y recompensar con halagos, pero sin pasarnos, a atletas naturales de lugares lejanos a nuestra querida patria, pero nunca desear que superen a nuestros ídolos nacionales. Quedaremos perfectamente mientras nos restrinjamos a frases como “¡Qué bueno es Federer!” o “¡Vaya revés tiene el tío!”, pero que a nadie se le ocurra decir nada del tipo “Esperemos que en este partido le gane a Nadal”, porque en ese caso seremos tachados inevitablemente de antipatriotas.

No hay que confundir mis palabras con el deseo de que nuestro equipo sea el mejor, practique un juego bonito y nos haga disfrutar. Una cosa es apoyar a alguien porque realmente lo consideramos bueno en su especialidad y otra muy distinta es basándose únicamente en su lugar de nacimiento. De sobra es sabido que cuando se ha enfrentado una selección española (de cualquier deporte) ante otra, siempre hemos deseado que venciera la nuestra, aunque el otro equipo esté resultado netamente superior y con mucha más calidad. Quizá sea un servidor el raro, pero no acabo de entender ese apoyo incondicional basado exclusivamente en la nacionalidad. La magnitud del deporte, pienso, se disfrutaría mucho mejor sin estos fanatismos injustificados. Se puede desear que nuestro paisano juegue mejor, pero, si no es así, no veo motivo para no disfrutar del juego ajeno y alegrarse por ello. Comprendo que el aliciente y la tensión con la que se vive un partido es mucho más motivadora cuando se desea la victoria de uno de los contendientes. Ahora bien, es importante aprender a aceptar una superioridad en cuanto a calidad en el juego, no solamente para poder considerarse un buen perdedor, sino para saborear y exprimir todo lo que nos ofrece esta sana afición que es el deporte.

Unas sensaciones muy similares se me presentan cuando cada año, regular y puntualmente, veo el Festival de Eurovisión. La televisión pública y otros medios de comunicación se empeñan en obligar a nuestros autónomos subconscientes a que han de ansiar el éxito del intérprete español a toda costa. Parece que fuera un crimen el hecho de que a un buen españolito le pueda gustar más cualquiera de las veintitantas canciones restantes y, como jueces justos que pretendemos ser, esperamos ver salir triunfantes a ese cantante que nos ha puesto los pelos de punta por encima de la canción española que apenas nos ha llegado.

Es por esto que me gustaría que, si nos consideramos buenos aficionados a cierto deporte o a cualquier espectáculo subjetivo, no nos rijamos sólo por la ubicación del club o la natalidad del artista, sino que intentemos valorar los méritos puramente profesionales de cada cual y, posteriormente, nos decantemos por nuestro favorito. Yo, por mi parte, me defino sin miedo como un fiel defensor del tenis de Federer por encima del de Rafa Nadal.


viernes, 27 de julio de 2012

Reto de acrósticos

Desde Café de Menta hemos tenido la idea de proponer un reto a todo aquel que esté dispuesto a confeccionar un acróstico con el nombre de su blog. Las reglas son muy sencillas, las podéis leer en la entrada dedicada a este reto. Yo, por mi parte, ya hice hace algún tiempo un acróstico presentando el nombre de este humilde blog, que podéis ver aquí. Podéis observar que he colocado en el sidebar (a la derecha) el banner correspondiente.

Como en todo reto que se precie hay un premio (además de la propia satisfacción personal de haber construido este complejo recurso literario), y es un diploma conmemorativo y personalizado que, por supuesto, yo ya tengo. Aquí lo tenéis:

Haz click en la imagen para agrandarla

¿Qué? Es chulo, ¿verdad? Pues nada, quien quiera uno solamente tiene que apuntarse al reto pinchando aquí. ¡Ánimo, que no es tan difícil!


sábado, 21 de julio de 2012

Cercenaduras educativas

Pensaba titular esta disquisición con las palabras “Recortes educativos”, pero como este primer vocablo no tiene a día de hoy ni una sola connotación positiva he pensado que cualquiera que leyera ese encabezado me iba a mandar de forma instantánea a freír morcillas, así que he buscado en los sinónimos del Word (sí, todos lo hemos hecho alguna vez, que nadie me lo niegue) y me ha salido la palabra cercenadura. No la conocía, así que de golpe he conseguido un enunciado algo más original y, de paso, aprender una palabra nueva, que nunca está de más. En cualquier caso lamento decir que sí, en efecto, tengo la intención de hablar (brevemente) de recortes.

Mi única intención es proporcionar al lector un punto de vista desde uno de los afectados, un profesor de secundaria. Quiero aclarar, antes de nada, que esto será una opinión de una única persona, uno de los varios miles de profesores y maestros que, de momento, hay en este país, aunque, sinceramente, creo que no seré el único con esta particular visión.

Se ha oído mucho de las quejas del gremio y da la impresión de que nuestra preocupación primordial es el sueldo, que solamente nos afecta el dinero y que no nos toquen la nómina. O también que hemos de impartir más horas de docencia y no nos quedará tiempo para tomarnos el café de media mañana. Quizá no me crean, pero aseguro que esos son los menores de mis recelos. No digo que no me importe, pues sería del género idiota elegir cobrar menos y trabajar más pudiendo ser al revés, pero son infinitamente más relevantes las pésimas condiciones que está adquiriendo uno de los pilares fundamentales de cualquier sociedad: la educación.

Lo que mucha gente desconoce es que existen otras muchas medidas que a quienes afectan es a los propios estudiantes. Se aumenta el número de alumnos por aula, se prescinde de una amplia cantidad de horas de apoyos y refuerzos para los chicos con más dificultad, se mete la tijera en adquisición de materiales, libros, bibliotecas, informática, fotocopias... Podría seguir pero creo que sobran explicaciones. Lo que quiero decir y sentenciar es que los que van a recibir la peor parte de todo este sistema de intentos de mejorar España son ellos, sus hijos, nietos, hermanos, sobrinos. Hablando por mí, afirmo sin que me tiemble la voz (o los dedos tecleando) que hago todo lo que está en mis manos por poder transmitir a cada uno de mis pupilos mis básicos conocimientos; y las escasas horas de que he podido disponer entre clase y clase, a las que añado otras muchas en casa, han ido siempre destinadas a preparar sesiones, ejemplos, ejercicios, exámenes..., todo siempre en beneficio del alumno.

Ahora bien, si, por ejemplo, me restringen brutalmente el número de fotocopias de que puedo  disponer, ¿de qué me sirve preparar tres completas caras de ejemplos y ejercicios resueltos si el riesgo de pasarme del cupo permitido me va a imposibilitar entregar un ejemplar a cada escolar? De nada servirán ahora las nuevas tecnologías, la apasionante posibilidad de proyectar o trabajar de forma virtual los contenidos será ahora una utopía por falta de computadoras o de proyectores. Por no hablar de esos alumnos que no pueden (o no quieren) seguir el ritmo de la clase. Hasta ahora, en determinadas materias, había profesores que podían tratarlos aparte; ahora, me temo, tendremos que estar en clase con 35 ó 40 chicos, algunos con un nivel normal, otros con ganas pero sin nivel, otros sin ganas y otros sin tan siquiera dominar el idioma. No seré yo quien tire la toalla, seguiré exprimiéndome al máximo para intentar inculcar en esas 35 ó 40 cabecitas todo lo que pueda, pero cualquiera entenderá que no puedo garantizar el éxito.

No nos podemos olvidar de que, de aquí a unos años, de estas aulas deberán salir no solamente los médicos que nos curen y los arquitectos que construyan nuestras viviendas, sino también el mecánico que arregle nuestro viejo vehículo o el fontanero que repare ese conducto atascado en el lavabo. Quizá suene a tópico, pero no se puede pretender que una semilla origine un árbol que proporcione buena fruta si no se ha regado y abonado de forma adecuada.

Así pues espero que el amable lector que haya perdido cinco minutos de su valioso tiempo leyendo estas reflexiones, cuando escuche quejas, manifestaciones y reivindicaciones varias por parte de nuestro gremio, no nos tache radicalmente de peseteros y egoístas de buenas a primeras ni nos haga el blanco de sus dardos. Entiendo perfectamente que quien está en el paro y le cuesta llegar a fin de mes vea, a bote pronto, infundadas nuestras críticas, pero espero que la gente pueda entender que existen muchos profesores que están realmente preocupados por la preparación de las generaciones venideras. O al menos uno.

lunes, 16 de julio de 2012

Yo reciclo, tú reciclas, ¿él recicla?


Vaya por delante, antes de que ninguna mente perversa y ávida de criticar tenga tiempo de reaccionar negativamente, que soy el primero que comprende, apoya y defiende el concepto del reciclaje. Y jamás, repito, jamás me verá nadie apoyarme en acciones inmorales ajenas para justificar las mías propias. Ya que solemos quejarnos cuando nos introducen en una comparativa en la que somos netamente inferiores, no vayamos ahora a meternos nosotros mismos en confrontaciones por el mero hecho de sentirnos en ventaja.

Dicho esto paso sin demora a tratar el tema con el que presento la entrada, la archiconocida y repetida durante los últimos años importancia por reciclar. Es cierto que nos estamos cargando este castigado planeta donde habitamos, es cierto que no pensamos en las consecuencias de nuestros actos, es cierto que nos olvidamos de la cantidad de árboles precisos para que ese paquete de folios que hay sobre el escritorio haya llegado hasta ahí. Por tanto, el primer mensaje que deseo transmitir es reiterar este hecho fundamental en la correcta conservación del planeta.

Ahora bien, una vez todos nosotros, los ciudadanos de a pie, nos hemos comprometido a interceder por el medio ambiente y colaborar en la medida de nuestras posibilidades, estamos en disposición de preguntarnos quién o quiénes tienen un mayor porcentaje de responsabilidad en el cuidado de nuestra naturaleza. Habría que encargar un estudio exhaustivo para dar un dato fiable, pero, a ojo de buen cubero, apostaría a que lo que está a nuestro alcance, como separar papel, vidrio y plástico del resto de basura, no supone ni el veinte por ciento de las posibilidades globales. A continuación les pondré en una situación que de buen seguro a muchos les resultará un tanto familiar.

Llegados a la caja menos concurrida de nuestro hipermercado habitual (que luego, infaliblemente, resultará ser la más lenta), cuando al fin comienza a pasar nuestra compra la simpática cajera, con una fingida sonrisa de oreja a oreja, nos pregunta si vamos a necesitar bolsas para llevar toda nuestra compra. ¡Mierda! Hemos olvidado por completo que cobran las bolsas. Sí, es cierto que son escasos céntimos lo que nos va a cobrar por ellas, pero sigue sin dar ningún gusto abonarlos. Solicitamos a la chica que nos proporcione dos o tres bolsas, a la vez que lanzamos unos comentarios en un tono simpático pero con un trasfondo evidente de queja por esa nueva normativa. La cajera, adoptando una recién adquirida actitud ecologista y con el mismo tono simpático que ha recibido, nos explica amablemente que el centro quiere luchar contra el uso desmesurado de plástico. Nada convencidos pero resignados cerramos la boca y comenzamos a embolsar.

Lo paradójico del asunto es que mientras preparamos nuestra compra para llevarla a casa nos damos cuenta de que las magdalenas, esas que llevamos comprando toda la vida, vienen envueltas de forma individual. Esto sí que es un gasto inútil de plástico, pensamos. Y, sacando a relucir interiormente nuestro espíritu naturalista, nos proponemos que, en la próxima compra, cambiaremos de marca de magdalenas. Todo sea por el planeta.

Pasan los días y de nuevo nos encontramos en el pasillo de la repostería llenando el carro. No hemos olvidado nuestra promesa, así que echamos un vistazo rápido a todas las marcas de magdalenas que hay en la estantería. La sorpresa no es pequeña cuando descubrimos que la inmensa mayoría de estos productos van envueltos de forma individual, o, a lo sumo, de dos en dos. Solamente visualizamos una marca que no lo hace así, y casualmente resulta ser esa marca que catamos hace un tiempo y que sabía a pies. Decidimos darle otra oportunidad y volver a comprarla, para que no se diga que no somos persistentes en el cuidado del medio ambiente.

Pero seguimos avanzando pasillos con nuestra garabateada lista de la compra en la mano y, al ser ahora más observadores, vemos que los mondadientes también van envueltos de uno en uno, que el pan de molde lleva dos capas de bolsa, que el queso en lonchas lleva una lámina entre cada una para  su mejor despegue, que los formatos pequeños de ciertas conservas vienen agrupados de tres en tres con una envoltura plástica... En fin, seguro que más de uno sería capaz de darme varios ejemplos añadidos de situaciones similares.

Uno se queda con cara de pringado y piensa que si el centro comercial está tan concienciado con el medio ambiente, ¿por qué no exige a sus marcas que se apliquen el cuento? Obviamente el centro no está dispuesto a perder ventas, así que quizá lo intente, pero si la marca es buena y les proporciona ganancias no la va a apartar de sus lejas por más que no se comprometa con el planeta.

martes, 10 de julio de 2012

Las consecuencias de la fama


Después del recurrente bombo que se ha dado con la Eurocopa, con “la roja” y con el fútbol en general no creo que a nadie le interese la opinión de un servidor sobre el juego de las distintas selecciones, por lo que me había propuesto no tratar el tema en el blog. No sufran, no he cambiado de opinión. Simplemente reconozco que la inspiración me ha venido de dicha competición y, sobre todo, de los comentarios que ésta ha provocado en media España. En concreto han tenido casi tanta repercusión como el propio deporte los desafortunados comentarios de cierta periodista de cierta cadena, novia de cierto portero de cierta selección que viste de rojo. Imagino que todos sabrán de quién hablo (o escribo); si no es así, lo siento, pero en mi opinión no se merece que mis trabados dedos tecleen los caracteres de su nombre sobre esta entrada. En cualquier caso ese nombre y ese apellido no son relevantes para la idea que les quiero transmitir.

El caso es que dicha persona ha sido centro de innumerables burlas en diversas redes sociales, o al menos ese es el dato que ha llegado a mis oídos, pues soy francamente poco asiduo a esos sitios virtuales. Mas no se confundan, no es esto lo que tengo intención de atacar, es más, si acaso apoyaría que el sentido del humor sea el común denominador de cualquier opinión o crítica que haya que dar. Pero parece ser que no todo el mundo opina así; es más, hay quien parece haberse sentido infinitamente más ofendido que la susodicha “periodista” y la ha defendido a capa y espada cual si le fuera la vida en ello. Que si todos comentemos errores, que si nadie es perfecto, que si no se valora el trabajo de la gente,... Sí, hombre, hasta ahí estamos todos conformes, pero...

Ya, ya lo tuvieron que decir. Que se la critica con especial saña por ser además un personaje popular. Especialmente popular desde que sale con ese cierto portero con el que se besó en directo en cierta final de cierto mundial. No negaré que esperaba esa justificación, no me pilla de sorpresa que se amparasen en esa excusa para solicitar que se busque otro objetivo a quien apuntar. Ante estos intentos de desvíos de punzadas verbales o escritas quisiera puntualizar un par de cuestiones.

Por un lado, si los errores existen no veo nada de malo en darlo a conocer. Que todos los cometemos es un hecho más que evidente, pero eso no debe ser un amparo, un refugio donde no nos moje la lluvia de críticas, insultos o acusaciones. Si un médico yerra al operar a un paciente y el resultado de la intervención no es satisfactorio no creo que el afectado diga: “No pasa nada, todo el mundo se equivoca”. Y esto es extrapolable a cualquier oficio; en unos los fallos se pagan más caros, en otros son fácilmente subsanables, pero no debemos barrerlos bajo la alfombra y hacer como si nada hubiera pasado.

Pero quizá lo que realmente me revienta de estos comentarios es cuando se menciona que las malas lenguas van más afiladas por el hecho de tratarse de alguien famoso, y cuando digo famoso me quiero referir a una fama lograda por hechos ajenos (al menos de forma directa) a su trabajo. Con todo no voy a negar esa afirmación; es completamente cierto que ante los personajes populares todo se magnifica, tanto las palabras de apoyo y agradecimiento como los cuchillos verbales. Pero eso, pese a quien le pese, es lo que corresponde, es el precio que hay que pagar por esa fama y la multitud de consecuencias positivas que conlleva. Si un humilde profesor de instituto se equivoca al corregir un examen tendrá críticas, mas podrán ser a lo sumo veinte o treinta y de buen seguro nunca será trending topic, jamás equiparable a los miles de twits que recibirá un desliz no tan anónimo, más aun si resulta divertido para el público. Como digo, es un anexo inseparable del concepto de famoso que el popular individuo tendrá que aceptar si pretende seguir disfrutando de esa selecta condición en la que se encuentra inscrito.

¿Merece la pena pagar ese precio por poder llevar colgada la etiqueta de “famoso”? ¿Las incesantes y molestas hasta grado extremo críticas compensan suficientemente las ventajas que esa condición aporta? No me considero en disposición de contestar a estas preguntas por mi situación de anonimato, así que no lo haré. Lo que sí que puedo afirmar sin miedo es que muchas deberían de ser esas ventajas, y no sólo económicas, para que yo aceptara, caso de tener la ocasión, entrar en el selecto grupo de la fama.