domingo, 9 de diciembre de 2012

Wishlist para FNAC

Escribo esta entrada para participar en el "Concurso de Lista de deseos Wishlist para Bloggers", consistente en indicar en qué invertiría un cheque regalo de 2013 euros en FNAC. Esta sería mi propuesta:

Por un lado cambiaría mi vieja impresora y me pasaría a una buena para imprimir fotos (la verdad es que me ahorraría muchos revelados en tiendas de fotos). Lo siguiente sería un e-reader, que ya va siendo hora de abandonar los viejos libros que, aunque les tengo mucho cariño, ocupan mucho espacio y cuando son muy gordos son incómodos de leer. Lo siguiente sería un grabador de Blu-Ray, que ya que la calidad de imagen ha mejorado tanto en los últimos tiempos, bien merece que lo que se grabe se pueda ver en esa calidad. Y como última cosa "gorda" metería algo que desde que lo vi me ha hecho mucha ilusión pero que no me he podido comprar por motivos obvios (poderoso caballero, don dinero). Reconozco ser muy perezoso para barrer la casa, así que eso de que un robot esté todo el día paseándose por el suelo y dejándolo impecable me abrió un mundo de posibilidades. Si no puedo, pues seguiremos dándole a la escoba, qué remedio. Y los dos últimos objetos son simplemente para completar, que ante todo soy un hombre que aprovecha hasta las últimas migajas de cada oportunidad. La película de Intocable es una de las que más me ha gustado de los últimos años, y otra de mis aficiones es la música celta, por lo que un recopilatorio de Luar Na Lubre no estaría nada mal.

Así pues, esta es mi lista detallada:


Epson Stylus Photo R2880 Impresora de inyección A3 ... 667,95 euros

Sony Reader PRS-T2 Wi-Fi Negro ... 159 euros

Panasonic DMRBWT700F BluRay 3D Grabador ... 594,15 euros

iRobot Roomba 565 PET ... 559 euros

Intocable (Formato Blu-Ray) ... 20,99 euros

Lo mejor de Luar Na Lubre: XV aniversario ... 10,99 euros

Total: 2012,08 euros

Soy consciente de que la probabilidad de que me llegue ese cheque y pueda permitirme todos estos caprichos es ínfima, pero de ilusión también se vive. Y si no hay suerte, me los iré comprando yo poco a poco cuando me devuelvan la paga extra de Navidad.




jueves, 20 de septiembre de 2012

Morralla virtual

Hay ocasiones en las que uno lee un libro y acaba blasfemando contra él por su pésima calidad. A veces no se precisa ni realizar la lectura, basta con observar el título (en plan "memorias de la Pantoja" o "los cien mejores chistes de Arévalo") para pronosticar, con total éxito, la nula calidad de la obra. En todos estos casos se suele pensar, o al menos yo, que menudo gasto de papel inútil, que vaya árboles más tontamente sacrificados o que se podía aprovechar la tinta en cosas algo mejores. El caso es que esta misma sensación no se suele tener cuando uno ve el equivalente a estos "libros" pero en la red, una cantidad de lugares virtuales que bien podrían desaparecer y el mundo seguiría girando tan pancho.
Pero no solamente quiero hacer referencia a lo ridículo del contenido de algunas webs, que en efecto son para escupirle a la pantalla de nuestro ordenador, sino que quería hoy centrarme en el contenido superfluo de la red, en la colosal cantidad de material que se va copiando de un lugar a otro y que acaba por ocupar un porcentaje de la intranet que ni por asomo merece. Y para explicar, y a la vez probar empíricamente, mi teoría he querido realizar un pequeño experimento, el cual paso a exponer.
De todos es sabido que una de las páginas más recurridas a la hora del plagio descarado es Wikipedia. No voy aquí a indagar en la fiabilidad de sus contenidos (que podría), sino que simplemente deseo comprobar cuántas páginas comparten determinado contenido con esta enciclopedia. Para ello simplemente he realizado una búsqueda de algo suficientemente conocido, he copiado un párrafo considerable (no solamente dos o tres palabras) y he buscado en google cuántos resultados arrojaba con esos mismos vocablos y en ese mismo orden (con una búsqueda entrecomillada). En primer lugar he usado la entrada dedicada a Rafa Nadal y he copiado textualmente el siguiente párrafo:
Del mismo modo, también es el único tenista masculino de la historia que ha ganado en un mismo año (2010) tres Grand Slam en tres superficies distintas.
Pues bien, este texto de 27 palabras (google no permite, al parecer, buscar más de 32 palabras) y que contiene variedad gráfica (puntos, comas, paréntesis...) arroja la friolera de 3160 resultados. Casi nada. Si contamos todas las páginas que se han ido copiando unas a otras sin cambiar ni una coma obtenemos un total de 3160 webs (que serán 3161 cuando se publique esta entrada). A mí, personalmente, me parece una barbaridad que haya, de un plumazo, 3159 páginas que se podrían suprimir y la red no perdería información alguna.
Pero permítanme que no pare aquí, pues quizá a alguien le puede parecer que no son tantos esos resultados. Es posible que haya elegido una búsqueda algo particular, pues se trata de un personaje vivo y en activo, cuyos datos pueden ir cambiando con el tiempo. Hagamos lo mismo con alguien cuya vida, de buen seguro, ya no va a sufrir muchos cambios. Entremos en el apartado de Wikipedia dedicado a Mozart y seleccionemos un texto de 32 palabras, por ejemplo el siguiente:
En palabras de críticos de música como Nicholas Till, Mozart siempre aprendía vorazmente de otros músicos y desarrolló un esplendor y una madurez de estilo que abarcó desde la luz y la

Metemos el texto entre comillas en el buscador de google, le damos a buscar y... voilá! Nada más y nada menos que 137000 resultados (que ahora serán 137001). Miles de páginas de biografías o similares que han copiado sin delicadeza alguna el texto tal cual de otra web, sea Wikipedia u otra. En fin, si a algún lector le parecen pocos resultados 137000 yo ya abandono el blog y me dedico a la cría del escarabajo de la patata.

Quizá me salga levemente de mi temática, pero no me resisto a plasmar una de las anécdotas más curiosas en mi vida laboral como profesor. En cierta ocasión propuse a mis alumnos realizar un trabajo de ciertos matemáticos, investigar un poco sobre su vida y obra pensando, iluso de mí, que alguno iba a coger una enciplopedia o algún libro de consulta. Lo gracioso no es que descubriera, sin demasiada dificultad, que la mayoría de los trabajos eran un copy-paste de alguna página web, sino que uno de mis pupilos me entregó la web imprimida tal cual, con la publicidad de una línea erótica de contactos en el lateral incluída.
En definitiva, mi intención es promover la originalidad de lo que se publique, sea en una web o en un libro. No es pecado sacar algún dato, nombre o fecha de otras páginas, pero de ahí a calcar párrafos enteritos hay una diferencia más que notable. Como decía aquel anuncio de la tele, don't imitate, innovate.
 
 

lunes, 3 de septiembre de 2012

Depresión posvacacional

Somos muchos los que en estos comienzos de septiembre finalizamos nuestros periodos vacacionales y hemos de volver a nuestra rutina laboral. Las noticias y los telediarios, seguramente, comenzarán a hablar de ese síntoma que llaman "depresión posvacacional". Yo soy uno de los que vuelvo al trabajo en estos días y, aunque no creo llegar al nivel de depresión, sí que me invade un pequeño bajón moral. Se me pasa pronto, en un par de días, pero hasta entonces no dejo de echar de menos esos días de no madrugar, de tener tiempo libre para retomar viejas aficiones o, simplemente, de descansar.

Sé que puede resultar un poco egoísta quejarme de este retorno laboral cuando hay mucha gente que no tiene un trabajo al que volver, pero uno no puede controlar sus propias sensaciones, sería una completa falta de sinceridad decir que estoy deseando retomar, en mi caso, las pizarras, los papeles, los libros... Eso sí, tampoco me asusta esta sensación, desde bien pequeño me cuesta horrores la "vuelta al cole", tanto en el propio colegio como en el instituto o en la universidad. Por eso, sé de sobra que en unos días desaparecerá este bajón.

En fin, no pretendo aburrir a nadie con mis penas, pero, como dice un sabio dicho del pueblo español, "mal de muchos, consuelo de tontos". El saber que hay mucha gente en las mismas circunstancias y con las mismas pocas ganas que yo de volver al curro parece que me alivia un poco. Por eso esta entrada, simplemente para que podamos desahogarnos conjuntamente todos los que finalizamos nuestro recreo y vamos sin ninguna gana y con cara de asco el primer día de vuelta. Por eso, no os cortéis y permitidme que sea un firme hombro para que lloréis esta conclusión del periodo estival. ¿Tenéis también vosotros este pequeño bajón o lo lleváis mejor?

sábado, 1 de septiembre de 2012

Prueba

Eso


Ehehe

martes, 21 de agosto de 2012

Extremismos publicitarios

Hoy tengo intención de hablar de la publicidad en la televisión, eso que tantos de nosotros hemos maldecido en un sin fin de ocasiones. Y es que, como en tantas otras situaciones, qué difícil resulta buscar el punto intermedio de las cosas. Parece que siempre tenemos que elegir entre el blanco o el negro, cuando resultaría tan bonito poder optar por el gris azulado. En televisión ocurre eso mismo, o bien nos resignamos a zamparnos cortes de veinte minutos en lo más interesante de nuestros programas o películas favoritos, o bien nos los tenemos que tragar de golpe y sin un mísero minuto de descanso.

Por una parte tenemos las cadenas privadas, las que rivalizan por ver cuál de ellas nos bombardea con mayor efectividad y durante mayor tiempo. A veces no nos damos cuenta, pero hay ocasiones en que durante cada hora de programación emiten más de veinte minutos de secuencias propagandísticas, lo cual viene siendo una tercera parte de la emisión. No creo que yo sea el único que, cuando acaba este eterno periodo de anuncios, ni se acuerda de qué diantres estaba viendo. Además, últimamente tienen la poca vergüenza de comprar nuestra permanencia en ese canal poniendo avisos de “volvemos en seis minutos”. ¿Realmente les parecen pocos seis minutos de anuncios? Hombre, comparados con las dos decenas que nos colocan habitualmente, seis minutos no son nada, pero tampoco me parece algo de lo que enorgullecerse. Además, dicho sea de paso, esos minutos que, según ellos, debemos esperar, nunca son exactos, siempre son, como mínimo, cuarenta segundos más de lo que dicen. No es que sea demasiado el error, pero, qué quieren que les diga, no me hace ninguna gracia que me tomen por tonto.

Y, aunque no sea el tema principal que pretendía tratar, aprovecharé para criticar la simultaneidad de los cortes en las cadenas del mismo grupo. Cuando la cadena principal pega el corte, lo tienen que hacer también todas las asociadas. Lo gracioso es que dan paso a la publicidad donde toque, cortando escenas, estropeando frases e, incluso, en medio de un opening. Además de quedar de lo más cutre, creo que resulta perjudicial para los propios canales, pues los que tenemos la sana costumbre del zapeo en estas interrupciones nos saltamos olímpicamente el resto de canales de la familia, sabedores de que su contenido será el mismo que estábamos viendo antes de comenzar nuestro desplazamiento dactilar por el mando. En fin, ellos sabrán.

En contraposición a estas reiteradas quejas viene en nuestro rescate la televisión pública con la flamante teoría de que algo que se haga llamar público no debe tener relación alguna con empresas privadas. Dicho esto, desde hace unos años quitaron tajantemente la publicidad de estas cadenas. Aquí ya podemos encontrar una amplia diversidad de opiniones. Yo les voy a exponer aquí la mía.

Por un lado, las quejas anteriormente mencionadas, creo, no iban contra la publicidad, sino contra el exceso de ésta. A mí, personalmente, no me molesta algún minutito suelto en mitad de una emisión por si me apetece ir a beber agua o atender algún asunto pendiente con el señor Roca. Pero vamos, que para eso me basta con un par de minutos, incluso suponiendo que la reunión con don Roca se alargase algo más de la cuenta. Imagínense, hace unos meses pusieron Lo que el viento se llevó sin cortes. Cuatro horas en las que, o bien aguantas cualquier tipo de necesidad que tu cuerpo te requiera, o te resignas a perderte parte de la película.

Añadido a esto tenemos la pérdida de una importantísima fuente de ingresos para subvencionar toda la programación, quedando todo a expensas del dinero público que, como todos sabemos, es más bien escaso. Si en España sobrara el dinero y no supiéramos qué hacer con él, pues quizá podríamos permitirnos tranquilamente ese lujo, pero me temo que no es el caso.


Y, por último, no se han suprimido por completo los cortes en estos canales. Entre programa y programa siempre cae algún “volvemos en dos minutos”, pero que se limitan a promocionar sus propias series, programas o, incluso, algún disco o libro patrocinado por ellos mismos. Absurdo, pues uno se pregunta: ¿qué interés tienen en publicitarse a ellos mismos? La respuesta posible sería el interés por el aumento de la audiencia. Ahora bien, ese interés de una cadena por su audiencia solamente es justificable cuando una empresa privada, interesada en estropearnos una película intercalándose entre sus fotogramas, busca invertir en el canal con mejor audiencia para rentabilizar mejor su inversión. Pero si recordamos que nuestras cadenas públicas no emiten anuncios privados, queda anulada esta teoría y a un servidor lo dejan sin saber qué pensar. En el caso de los blogueros, que publicamos sin ningún ánimo de lucro, tenemos la propia satisfacción personal, ese pequeño cosquilleo que nos invade cada vez que vemos que tenemos un nuevo seguidor o que alguien ha comentado una entrada de nuestro rincón, pero dudo mucho que los dirigentes de estas cadenas busquen algo distinto a ese poderoso caballero que es don dinero.

En resumen, y al igual que empecé, defiendo la búsqueda del punto intermedio, de ese color que está entre el blanco y el negro, que la mayoría de veces no son las cosas en sí las que son malas, sino su exceso. Anuncios sí, pero sin agobiar. Ya lo decían los griegos: μήδεν άγαν, esto es, “nada en exceso”. 

sábado, 4 de agosto de 2012

Pasión nacional forzada

Quería comenzar esta entrada felicitando, de forma virtual y sin ninguna esperanza de que estas líneas lleguen a sus ojos, a Roger Federer por su victoria en Wimbledom el pasado mes de julio. Es un deportista al que admiro bastante, tanto como persona, por su humildad y su simpatía, como tenista, por su elegancia y su saber ganar y perder. Me alegré tanto por su victoria sobre Djokovic como por su vuelta al número uno del ranking de la ATP después de mucho tiempo. Así pues, si lees esto, Roger, te doy mi más sincera enhorabuena; si no lo lees, al menos me quedo con la conciencia tranquila.

Este ligero goce interno me hizo reflexionar sobre la cuestión que me dispongo a tratar, vaya por delante que de forma exclusivamente deportiva, y es ese innato patriotismo que nos invade cada vez que vemos un partido. Parece que estamos obligados, por el mero hecho de haber nacido en determinado país, a apoyar incondicionalmente a cualquiera que comparta nuestra nacionalidad y a desear a toda costa su éxito. Bien pensado, esto condiciona de alguna manera nuestra libertad de pensamiento, ya que da la impresión de que velar por el triunfo de cualquier deportista o equipo de otro país está mal visto. A lo sumo se nos permite opinar bien y recompensar con halagos, pero sin pasarnos, a atletas naturales de lugares lejanos a nuestra querida patria, pero nunca desear que superen a nuestros ídolos nacionales. Quedaremos perfectamente mientras nos restrinjamos a frases como “¡Qué bueno es Federer!” o “¡Vaya revés tiene el tío!”, pero que a nadie se le ocurra decir nada del tipo “Esperemos que en este partido le gane a Nadal”, porque en ese caso seremos tachados inevitablemente de antipatriotas.

No hay que confundir mis palabras con el deseo de que nuestro equipo sea el mejor, practique un juego bonito y nos haga disfrutar. Una cosa es apoyar a alguien porque realmente lo consideramos bueno en su especialidad y otra muy distinta es basándose únicamente en su lugar de nacimiento. De sobra es sabido que cuando se ha enfrentado una selección española (de cualquier deporte) ante otra, siempre hemos deseado que venciera la nuestra, aunque el otro equipo esté resultado netamente superior y con mucha más calidad. Quizá sea un servidor el raro, pero no acabo de entender ese apoyo incondicional basado exclusivamente en la nacionalidad. La magnitud del deporte, pienso, se disfrutaría mucho mejor sin estos fanatismos injustificados. Se puede desear que nuestro paisano juegue mejor, pero, si no es así, no veo motivo para no disfrutar del juego ajeno y alegrarse por ello. Comprendo que el aliciente y la tensión con la que se vive un partido es mucho más motivadora cuando se desea la victoria de uno de los contendientes. Ahora bien, es importante aprender a aceptar una superioridad en cuanto a calidad en el juego, no solamente para poder considerarse un buen perdedor, sino para saborear y exprimir todo lo que nos ofrece esta sana afición que es el deporte.

Unas sensaciones muy similares se me presentan cuando cada año, regular y puntualmente, veo el Festival de Eurovisión. La televisión pública y otros medios de comunicación se empeñan en obligar a nuestros autónomos subconscientes a que han de ansiar el éxito del intérprete español a toda costa. Parece que fuera un crimen el hecho de que a un buen españolito le pueda gustar más cualquiera de las veintitantas canciones restantes y, como jueces justos que pretendemos ser, esperamos ver salir triunfantes a ese cantante que nos ha puesto los pelos de punta por encima de la canción española que apenas nos ha llegado.

Es por esto que me gustaría que, si nos consideramos buenos aficionados a cierto deporte o a cualquier espectáculo subjetivo, no nos rijamos sólo por la ubicación del club o la natalidad del artista, sino que intentemos valorar los méritos puramente profesionales de cada cual y, posteriormente, nos decantemos por nuestro favorito. Yo, por mi parte, me defino sin miedo como un fiel defensor del tenis de Federer por encima del de Rafa Nadal.


viernes, 27 de julio de 2012

Reto de acrósticos

Desde Café de Menta hemos tenido la idea de proponer un reto a todo aquel que esté dispuesto a confeccionar un acróstico con el nombre de su blog. Las reglas son muy sencillas, las podéis leer en la entrada dedicada a este reto. Yo, por mi parte, ya hice hace algún tiempo un acróstico presentando el nombre de este humilde blog, que podéis ver aquí. Podéis observar que he colocado en el sidebar (a la derecha) el banner correspondiente.

Como en todo reto que se precie hay un premio (además de la propia satisfacción personal de haber construido este complejo recurso literario), y es un diploma conmemorativo y personalizado que, por supuesto, yo ya tengo. Aquí lo tenéis:

Haz click en la imagen para agrandarla

¿Qué? Es chulo, ¿verdad? Pues nada, quien quiera uno solamente tiene que apuntarse al reto pinchando aquí. ¡Ánimo, que no es tan difícil!


sábado, 21 de julio de 2012

Cercenaduras educativas

Pensaba titular esta disquisición con las palabras “Recortes educativos”, pero como este primer vocablo no tiene a día de hoy ni una sola connotación positiva he pensado que cualquiera que leyera ese encabezado me iba a mandar de forma instantánea a freír morcillas, así que he buscado en los sinónimos del Word (sí, todos lo hemos hecho alguna vez, que nadie me lo niegue) y me ha salido la palabra cercenadura. No la conocía, así que de golpe he conseguido un enunciado algo más original y, de paso, aprender una palabra nueva, que nunca está de más. En cualquier caso lamento decir que sí, en efecto, tengo la intención de hablar (brevemente) de recortes.

Mi única intención es proporcionar al lector un punto de vista desde uno de los afectados, un profesor de secundaria. Quiero aclarar, antes de nada, que esto será una opinión de una única persona, uno de los varios miles de profesores y maestros que, de momento, hay en este país, aunque, sinceramente, creo que no seré el único con esta particular visión.

Se ha oído mucho de las quejas del gremio y da la impresión de que nuestra preocupación primordial es el sueldo, que solamente nos afecta el dinero y que no nos toquen la nómina. O también que hemos de impartir más horas de docencia y no nos quedará tiempo para tomarnos el café de media mañana. Quizá no me crean, pero aseguro que esos son los menores de mis recelos. No digo que no me importe, pues sería del género idiota elegir cobrar menos y trabajar más pudiendo ser al revés, pero son infinitamente más relevantes las pésimas condiciones que está adquiriendo uno de los pilares fundamentales de cualquier sociedad: la educación.

Lo que mucha gente desconoce es que existen otras muchas medidas que a quienes afectan es a los propios estudiantes. Se aumenta el número de alumnos por aula, se prescinde de una amplia cantidad de horas de apoyos y refuerzos para los chicos con más dificultad, se mete la tijera en adquisición de materiales, libros, bibliotecas, informática, fotocopias... Podría seguir pero creo que sobran explicaciones. Lo que quiero decir y sentenciar es que los que van a recibir la peor parte de todo este sistema de intentos de mejorar España son ellos, sus hijos, nietos, hermanos, sobrinos. Hablando por mí, afirmo sin que me tiemble la voz (o los dedos tecleando) que hago todo lo que está en mis manos por poder transmitir a cada uno de mis pupilos mis básicos conocimientos; y las escasas horas de que he podido disponer entre clase y clase, a las que añado otras muchas en casa, han ido siempre destinadas a preparar sesiones, ejemplos, ejercicios, exámenes..., todo siempre en beneficio del alumno.

Ahora bien, si, por ejemplo, me restringen brutalmente el número de fotocopias de que puedo  disponer, ¿de qué me sirve preparar tres completas caras de ejemplos y ejercicios resueltos si el riesgo de pasarme del cupo permitido me va a imposibilitar entregar un ejemplar a cada escolar? De nada servirán ahora las nuevas tecnologías, la apasionante posibilidad de proyectar o trabajar de forma virtual los contenidos será ahora una utopía por falta de computadoras o de proyectores. Por no hablar de esos alumnos que no pueden (o no quieren) seguir el ritmo de la clase. Hasta ahora, en determinadas materias, había profesores que podían tratarlos aparte; ahora, me temo, tendremos que estar en clase con 35 ó 40 chicos, algunos con un nivel normal, otros con ganas pero sin nivel, otros sin ganas y otros sin tan siquiera dominar el idioma. No seré yo quien tire la toalla, seguiré exprimiéndome al máximo para intentar inculcar en esas 35 ó 40 cabecitas todo lo que pueda, pero cualquiera entenderá que no puedo garantizar el éxito.

No nos podemos olvidar de que, de aquí a unos años, de estas aulas deberán salir no solamente los médicos que nos curen y los arquitectos que construyan nuestras viviendas, sino también el mecánico que arregle nuestro viejo vehículo o el fontanero que repare ese conducto atascado en el lavabo. Quizá suene a tópico, pero no se puede pretender que una semilla origine un árbol que proporcione buena fruta si no se ha regado y abonado de forma adecuada.

Así pues espero que el amable lector que haya perdido cinco minutos de su valioso tiempo leyendo estas reflexiones, cuando escuche quejas, manifestaciones y reivindicaciones varias por parte de nuestro gremio, no nos tache radicalmente de peseteros y egoístas de buenas a primeras ni nos haga el blanco de sus dardos. Entiendo perfectamente que quien está en el paro y le cuesta llegar a fin de mes vea, a bote pronto, infundadas nuestras críticas, pero espero que la gente pueda entender que existen muchos profesores que están realmente preocupados por la preparación de las generaciones venideras. O al menos uno.

lunes, 16 de julio de 2012

Yo reciclo, tú reciclas, ¿él recicla?


Vaya por delante, antes de que ninguna mente perversa y ávida de criticar tenga tiempo de reaccionar negativamente, que soy el primero que comprende, apoya y defiende el concepto del reciclaje. Y jamás, repito, jamás me verá nadie apoyarme en acciones inmorales ajenas para justificar las mías propias. Ya que solemos quejarnos cuando nos introducen en una comparativa en la que somos netamente inferiores, no vayamos ahora a meternos nosotros mismos en confrontaciones por el mero hecho de sentirnos en ventaja.

Dicho esto paso sin demora a tratar el tema con el que presento la entrada, la archiconocida y repetida durante los últimos años importancia por reciclar. Es cierto que nos estamos cargando este castigado planeta donde habitamos, es cierto que no pensamos en las consecuencias de nuestros actos, es cierto que nos olvidamos de la cantidad de árboles precisos para que ese paquete de folios que hay sobre el escritorio haya llegado hasta ahí. Por tanto, el primer mensaje que deseo transmitir es reiterar este hecho fundamental en la correcta conservación del planeta.

Ahora bien, una vez todos nosotros, los ciudadanos de a pie, nos hemos comprometido a interceder por el medio ambiente y colaborar en la medida de nuestras posibilidades, estamos en disposición de preguntarnos quién o quiénes tienen un mayor porcentaje de responsabilidad en el cuidado de nuestra naturaleza. Habría que encargar un estudio exhaustivo para dar un dato fiable, pero, a ojo de buen cubero, apostaría a que lo que está a nuestro alcance, como separar papel, vidrio y plástico del resto de basura, no supone ni el veinte por ciento de las posibilidades globales. A continuación les pondré en una situación que de buen seguro a muchos les resultará un tanto familiar.

Llegados a la caja menos concurrida de nuestro hipermercado habitual (que luego, infaliblemente, resultará ser la más lenta), cuando al fin comienza a pasar nuestra compra la simpática cajera, con una fingida sonrisa de oreja a oreja, nos pregunta si vamos a necesitar bolsas para llevar toda nuestra compra. ¡Mierda! Hemos olvidado por completo que cobran las bolsas. Sí, es cierto que son escasos céntimos lo que nos va a cobrar por ellas, pero sigue sin dar ningún gusto abonarlos. Solicitamos a la chica que nos proporcione dos o tres bolsas, a la vez que lanzamos unos comentarios en un tono simpático pero con un trasfondo evidente de queja por esa nueva normativa. La cajera, adoptando una recién adquirida actitud ecologista y con el mismo tono simpático que ha recibido, nos explica amablemente que el centro quiere luchar contra el uso desmesurado de plástico. Nada convencidos pero resignados cerramos la boca y comenzamos a embolsar.

Lo paradójico del asunto es que mientras preparamos nuestra compra para llevarla a casa nos damos cuenta de que las magdalenas, esas que llevamos comprando toda la vida, vienen envueltas de forma individual. Esto sí que es un gasto inútil de plástico, pensamos. Y, sacando a relucir interiormente nuestro espíritu naturalista, nos proponemos que, en la próxima compra, cambiaremos de marca de magdalenas. Todo sea por el planeta.

Pasan los días y de nuevo nos encontramos en el pasillo de la repostería llenando el carro. No hemos olvidado nuestra promesa, así que echamos un vistazo rápido a todas las marcas de magdalenas que hay en la estantería. La sorpresa no es pequeña cuando descubrimos que la inmensa mayoría de estos productos van envueltos de forma individual, o, a lo sumo, de dos en dos. Solamente visualizamos una marca que no lo hace así, y casualmente resulta ser esa marca que catamos hace un tiempo y que sabía a pies. Decidimos darle otra oportunidad y volver a comprarla, para que no se diga que no somos persistentes en el cuidado del medio ambiente.

Pero seguimos avanzando pasillos con nuestra garabateada lista de la compra en la mano y, al ser ahora más observadores, vemos que los mondadientes también van envueltos de uno en uno, que el pan de molde lleva dos capas de bolsa, que el queso en lonchas lleva una lámina entre cada una para  su mejor despegue, que los formatos pequeños de ciertas conservas vienen agrupados de tres en tres con una envoltura plástica... En fin, seguro que más de uno sería capaz de darme varios ejemplos añadidos de situaciones similares.

Uno se queda con cara de pringado y piensa que si el centro comercial está tan concienciado con el medio ambiente, ¿por qué no exige a sus marcas que se apliquen el cuento? Obviamente el centro no está dispuesto a perder ventas, así que quizá lo intente, pero si la marca es buena y les proporciona ganancias no la va a apartar de sus lejas por más que no se comprometa con el planeta.

martes, 10 de julio de 2012

Las consecuencias de la fama


Después del recurrente bombo que se ha dado con la Eurocopa, con “la roja” y con el fútbol en general no creo que a nadie le interese la opinión de un servidor sobre el juego de las distintas selecciones, por lo que me había propuesto no tratar el tema en el blog. No sufran, no he cambiado de opinión. Simplemente reconozco que la inspiración me ha venido de dicha competición y, sobre todo, de los comentarios que ésta ha provocado en media España. En concreto han tenido casi tanta repercusión como el propio deporte los desafortunados comentarios de cierta periodista de cierta cadena, novia de cierto portero de cierta selección que viste de rojo. Imagino que todos sabrán de quién hablo (o escribo); si no es así, lo siento, pero en mi opinión no se merece que mis trabados dedos tecleen los caracteres de su nombre sobre esta entrada. En cualquier caso ese nombre y ese apellido no son relevantes para la idea que les quiero transmitir.

El caso es que dicha persona ha sido centro de innumerables burlas en diversas redes sociales, o al menos ese es el dato que ha llegado a mis oídos, pues soy francamente poco asiduo a esos sitios virtuales. Mas no se confundan, no es esto lo que tengo intención de atacar, es más, si acaso apoyaría que el sentido del humor sea el común denominador de cualquier opinión o crítica que haya que dar. Pero parece ser que no todo el mundo opina así; es más, hay quien parece haberse sentido infinitamente más ofendido que la susodicha “periodista” y la ha defendido a capa y espada cual si le fuera la vida en ello. Que si todos comentemos errores, que si nadie es perfecto, que si no se valora el trabajo de la gente,... Sí, hombre, hasta ahí estamos todos conformes, pero...

Ya, ya lo tuvieron que decir. Que se la critica con especial saña por ser además un personaje popular. Especialmente popular desde que sale con ese cierto portero con el que se besó en directo en cierta final de cierto mundial. No negaré que esperaba esa justificación, no me pilla de sorpresa que se amparasen en esa excusa para solicitar que se busque otro objetivo a quien apuntar. Ante estos intentos de desvíos de punzadas verbales o escritas quisiera puntualizar un par de cuestiones.

Por un lado, si los errores existen no veo nada de malo en darlo a conocer. Que todos los cometemos es un hecho más que evidente, pero eso no debe ser un amparo, un refugio donde no nos moje la lluvia de críticas, insultos o acusaciones. Si un médico yerra al operar a un paciente y el resultado de la intervención no es satisfactorio no creo que el afectado diga: “No pasa nada, todo el mundo se equivoca”. Y esto es extrapolable a cualquier oficio; en unos los fallos se pagan más caros, en otros son fácilmente subsanables, pero no debemos barrerlos bajo la alfombra y hacer como si nada hubiera pasado.

Pero quizá lo que realmente me revienta de estos comentarios es cuando se menciona que las malas lenguas van más afiladas por el hecho de tratarse de alguien famoso, y cuando digo famoso me quiero referir a una fama lograda por hechos ajenos (al menos de forma directa) a su trabajo. Con todo no voy a negar esa afirmación; es completamente cierto que ante los personajes populares todo se magnifica, tanto las palabras de apoyo y agradecimiento como los cuchillos verbales. Pero eso, pese a quien le pese, es lo que corresponde, es el precio que hay que pagar por esa fama y la multitud de consecuencias positivas que conlleva. Si un humilde profesor de instituto se equivoca al corregir un examen tendrá críticas, mas podrán ser a lo sumo veinte o treinta y de buen seguro nunca será trending topic, jamás equiparable a los miles de twits que recibirá un desliz no tan anónimo, más aun si resulta divertido para el público. Como digo, es un anexo inseparable del concepto de famoso que el popular individuo tendrá que aceptar si pretende seguir disfrutando de esa selecta condición en la que se encuentra inscrito.

¿Merece la pena pagar ese precio por poder llevar colgada la etiqueta de “famoso”? ¿Las incesantes y molestas hasta grado extremo críticas compensan suficientemente las ventajas que esa condición aporta? No me considero en disposición de contestar a estas preguntas por mi situación de anonimato, así que no lo haré. Lo que sí que puedo afirmar sin miedo es que muchas deberían de ser esas ventajas, y no sólo económicas, para que yo aceptara, caso de tener la ocasión, entrar en el selecto grupo de la fama.

lunes, 2 de julio de 2012

Españoles por...

Sé que si me pusiera a criticar (en el mal sentido de la palabra) toda la programación televisiva actual me faltaría blog (y hasta memoria virtual en toda la intranet) para despotricar contra todo eso que se hace llamar, muy acertadamente, “telebasura”. No lo haré, tranquilos, pero sí que me gustaría disertar brevemente sobre una rama de la programación de casi cualquier canal cada día más extendida que son los famosos programas en plan “españoles por el mundo”. 

La primera crítica reside en el plagio descarado, en la copia evidente que se van realizando unos programas de otros. Eso no es nada nuevo. Cada vez que sale un programa o serie con relativo éxito no tardan ni  unas semanas en comenzar a emitir en la parrilla televisiva doscientos programas que, quizá cambiados de nombre y con un enfoque que pretende disimular el obvio calco, son imitación casi intacta del original. Mismo perro con distinto collar. Eso es lo que ha ocurrido con esta familia de elementos del mismo grupo. No he tenido el menor interés por averiguar cuál fue el original y cuáles los sucedáneos, pero lo que es evidente es que la familia crece cada día más. Aparte del archiconocido “Españoles en  el mundo”, han llegado a mis oídos (que no a mis ojos) títulos  como “Madrileños por el mundo”, “Andaluces por el mundo”, “Murcianos por el mundo”, “Destino: España”… Incluso aquello que José Mota anunciaba hace un par de años a modo de parodia de “Españoles por España” parece que ya ha sido llevado a cabo, con otro nombre menos ridículo pero con la misma esencia, como “Conectando España”. Y de buen seguro que cualquiera que pase ante la caja tonta algún rato más que yo al día sería capaz de mencionarme dos o tres títulos más bajo los que subyazca la misma esencia. En fin, que ya no solamente se plagia el programa sino que ni tan siquiera se molestan en buscar un nombre que oculte la evidencia de la inspiración. 

En cualquier caso, si al menos la idea del formato fuera algo más atractiva, incluso estaría dispuesto a perdonar tanta fotocopia (¡si será por ciudades en el mundo!). El problema es que ni los propios fundamentos de dichos programas son, en mi humilde opinión, aptos para explotarlos hasta límites infinitos. Me explico. No es que me parezca mal la idea de mostrar al ciudadano de a pie lugares y ciudades desconocidas para él y que, quién sabe, el destino le puede deparar algún día. No les voy a mentir, solamente he visto dos o tres ediciones de algunos lugares que iba a visitar de forma inminente, en la ilusa idea, oh pobre de mí, de sacar alguna sugerencia nueva que no me hubiera aportado previamente mi escueta guía de viaje o Wikipedia. Eso sí, pude apreciar con todo detalle la casa del españolito inmigrante, su trabajo y la cafetería donde se toma el croissant cada mañana, datos fuertemente relevantes para mis devaneos por el mundo (léase irónicamente). Quizá sería cuestión de contabilizar el tiempo exacto en el que se nos muestra la ciudad en cuestión y el dedicado a la vida privada del improvisado presentador, a mostrarnos a su cónyuge, a sus hijos, a la suegra y al primo que fue de viaje solamente para salir en la tele. 

Remitiéndonos a las pruebas, es de suponer que este enfoque debe proporcionar algo novedoso y atrayente, pues desde que tengo uso de razón vienen poniendo documentales en La 2, muchos de ellos de ciudades o países, y jamás han tenido un índice de audiencia que se acerque ni levemente a cualquier “Españoles por el mundo” o “Villarribenses por la Conchinchina”. ¿Cuál es la clave? ¿Los horarios de emisión? ¿Si se emitieran los documentales de La 2 a las diez de la noche los vería tanta gente? ¿O es que tanto nos tira cotillear en la privacidad ajena, aunque sean completamente desconocidos? Supongo que seguiré en mi duda, como seguiré sin explicarme las audiencias escandalosas de determinados programas que “¡Por favor, Sálvame!” Dios de verlos. ¡Incomprensible cerebro humano! En fin, mientras los directores de las cadenas se forran a base de meternos hasta en la sopa programación absurda de bajísimo presupuesto, permítanme que siga maltratando mi intelecto viendo los documentales de La 2.

sábado, 30 de junio de 2012

Retomando el timón...

Después de dos largos años con Calipso, apartado de mi ruta correcta, me decido a retomar mi viaje a Ítaca. Quién sabe cuánto aguantaré, quién sabe si las endemoniadas sirenas, el cíclope Polifemo o la cerda de Circe me volverán a hacer parar mi marcha; las ganas de escribir y el tiempo libre van y vienen sin previo aviso y todo lo que a día de hoy me siento pletórico y entusiasmado por plasmar letras y letras en este mi rincón virtual, puede que de la noche a la mañana las musas me abandonen (o se vayan de vacaciones, como diría Serrat) y vuelva a aparcarlo. No sé. De momento, hagamos caso a la intuición de que seguiré mucho tiempo con ánimo de proseguir comentando mis ideas, pensamientos y desvaríos varios.

Asimismo he decidido compartir el escaso talento que a veces asoma por mi mente con otro blog, Café de Menta, un blog donde cabe todo (hasta mis asiduos disparates) y al que espero le concedáis una oportunidad de ser visualizado en vuestro monitor. Libros, películas, música, juegos,... todo vale. Os espero, mis fieles navegantes, tanto en el viejo Navegando con Odiseo como en el recién nacido pero con ganas de comerse el mundo Café de Menta. ¡Vamos, rumbo a Ítaca!

sábado, 4 de septiembre de 2010

Empresas y empresuchas

Tras un siempre breve periodo estival donde reinó la inactividad bloguera en nuestra travesía hacia Ítaca me dispongo con fuerzas en apariencia renovadas a retomar mis humildes ensayos en este, como yo lo llamo, blog de autor. Y no podría emprender de nuevo mi odisea sin previamente agradecerte, querido lector, que durante alguno de estos sesenta y dos días de meses veraniegos hayas hojeado estas páginas virtuales e incluso haya caído como del cielo algún bienvenido comentario. Desde estas líneas mi más sincero agradecimiento y mis deseos de seguir contando contigo en mi tripulación.

Por motivos con los que no pretendo aburrir a mis lectores debo admitir que esa inactividad estival se reduce exclusivamente a mi vida virtual, no a la laboral ni a la personal. Y es que, por temas de lo más variopinto, me he visto en la obligación de tratar, contratar y trabajar con un amplio número de profesionales de un extenso abanico de actividades. Compras, servicios, obras, no ha faltado de nada en estos dos meses en mi domicilio, y el motivo de mi texto es expresar a los cuatro vientos mi tremenda insatisfacción con la mayoría de estos que inmerecidamente se hacen llamar profesionales.

Pero no sufran, no es mi intención provocar sus inequívocos bostezos a través de mis batallitas, heroicidades y canalladas con estos colectivos. Mi única intención es invitarles a reflexionar sobre la archiconocida y archimencionada pequeña empresa, o empresuchas, que aunque debieran ser sinónimos, espero se capte el tono despectivo de esta última denominación. Y antes de que pasen ustedes al siguiente párrafo confío en aclarar que siento profundo respeto por las cosas bien hechas y que cualquier generalización que haga en las postreras líneas no olvida a las escasas y valoradas ovejas blancas que de vez en cuando asoman la cabeza entre los inmensos rebaños de ovejas negras.

En ocasiones mi limitada mente no alcanza a comprender cómo, especialmente en estos tiempos de aguda crisis, los funambulitas comerciantes abandonan por completo esa crucial parte del vaivén empresarial que la adquisición y mantenimiento de la clientela. Actos infames y fácilmente evitables y enmendables hacen pensar que al sobrado gerente de la empresa no-se-qué le da de lado el rechazar un cliente. Ya son muchas las empresas y particulares a los que este verano he despachado definitivamente, y no sin motivo, pues a la mayoría de ellas las hubiera mandado a paseo solamente con una cuarta parte de las faenas que recibí de ellos.

Únicamente soy capaz de contemplar dos posibilidades para este extraño comportamiento. Una es el excesivo corto plazo con el que se trabaja actualmente. Si hoy, con esta chapuza, me ahorro diez euros, me la suda que mañana no vengas a mí a gastarte cien. Opinión esta muy práctica para poder irme de copas esta noche pero quizá el mes que viene no tenga para poner un plato en la mesa.

La otra posibilidad es que yo y mi rencor seamos un bicho raro en este extraño mundo y lo usual sea que la gente olvide con celeridad las putadas recibidas y recurra una y otra vez al mismo grupo de incompetentes que meses antes le produjeron aquel profundo disgusto. Bien se dice que el hombre es el único ser que tropieza dos veces en la misma piedra, mas creo que estos dichos populares quedan muy bien en ocasiones puntuales pero no deben ser la tónica general que rija nuestras vidas. Sin ir más lejos un servidor tiene vetados más de una veintena de centros comerciales de mi ciudad por notables insatisfacciones con ellos.

Para terminar paradójicamente esta entrada inaugural del nuevo curso mando un mensaje de apoyo y admiración a la pequeña empresa. Aunque no lo parezca, siempre me han gustado, siempre he preferido el pequeño local donde se puede tener un trato más personal y personalizado que las inmensas moles donde tienes desde patatas fritas hasta impresoras láser. Por eso espero y deseo que vivan, que sigan dando guerra, que no permitan que las megasuperficies comerciales acaben con ellos, pero que, por favor, nunca olviden que su principal arma contra ellas es y será el trato cortés, afable y comprensivo ante su selecta clientela.

viernes, 28 de mayo de 2010

Acrósticos

Nada hay en el mundo de la literatura que me fascine más que los enigmáticos
acrósticos. Ya saben, esas composiciones en las que con la inicial de cada línea puede
verse un mensaje oculto. Quizá recuerden cómo don Fernando de Rojas nos dejó
escrito en forma acróstica su identificación como autor de su Celestina. Me resulta una
genial manera de incluir en un texto palabras que nadie sea capaz de leer, salvo
aquellos cuya retorcida mente les haga indagar en ciertos rincones de la obra donde
nadie más alcanza a vislumbrar. También es frecuente encontrar estos elementos en
determinados filmes en los que la pobre víctima debe pedir ayuda sin que se percate el
opresor de turno. Eso sí, es encomiable la capacidad del tenso secuestrado para lograr,
cuando su vida peligra, encadenar precisas palabras para poder transmitir el
mensaje
oculto a su ansiado salvador. Cosas del cine, mas admito que cuando comienzo una
novela o cualquier otro texo tengo la inevitable costumbre, por si acaso, de empezar
ojeando las iniciales de cada renglón. Pero olvidando las fantasías del séptimo arte, no
deja de ser un curioso divertimento
la intromisión de estas sutilezas. Así, les animo a
intentar pensar una breve frase y la forma más elegante y literaria de camuflarla en un
sencillo texto. Yo, por mi parte, invito a mis fieles lectores a leer verticalmente esta
escueta entrada, al menos las iniciales de cada línea, y verán cómo les estoy
obsequiando con el nombre de este modesto blog.



PD: Confío en que el experimento haya sido un éxito, al menos mi computadora así lo refleja. En cualquier caso, si por temas de la configuración de su ordenador, las frases se cortaran en lugares diferentes a donde yo pretendía, les pido perdón por los valiosos minutos robados y ruego no me lo tengan en cuenta.

domingo, 23 de mayo de 2010

Vertiginosa ciencia

“Hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad”, reza la divertida zarzuela La verbena de la paloma, y qué razón tenía. Y eso que estamos hablando de palabras escritas a finales del siglo diecinueve, es decir, hace más de cien años. Si tuviéramos que describir el avance de la ciencia a día de hoy nos faltaría vocablos para hacernos eco de la grandiosidad de dichas innovaciones. Y esto no cesa, seguro que nadie duda que dentro de un lustro nos dejarán con la boca abierta con asombrosas, impensables y espectaculares novedades. Nadie, como yo, nacido hace tres décadas pensó en su infancia que a través de un ordenador podría comunicarse con todo el planeta, o que podríamos hablar por teléfono con cualquiera sin estar apalancado al lado de nuestra toma de teléfono. Por no hablar de poder transportar discografías íntegras de nuestros ídolos musicales en envases de escasos centímetros, acostumbrados antaño a los engorrosos aunque entrañables vinilos.


¿Y cómo voy yo, hombre de ciencias donde los haya, a quejarme o a difamar acerca de estas maravillas de la tecnología? No vamos a negar que, como todo en esta vida, tienen su lado oscuro, su parte negativa cuando el uso que se hace de ellas no es el adecuado. En cualquier caso no es mi objetivo hoy entrar en el correcto o erróneo uso que se haga de estos avances. Mi queja va referida a la ausencia de inventos aún por inventar que se me antojan mucho más necesarios que muchos de los prescindibles aparatos actuales. Especialmente porque me cuesta creer que cabezas humanas tan fructíferas y prolíficas no orienten sus esfuerzos a causas más solidarias.


Dudo ser la única persona que esté convencida de que si se han podido crear máquinas tan extravagantes y asombrosas como las que vemos día sí, día también en la calle, se deberían haber fabricado, por ejemplo, medios de transporte con índices de contaminación nulos. Bien es verdad que cada cierto periodo de tiempo oímos hablar de coches eléctricos o que son capaces de llevarte de Valencia a Bilbao con medio litro de agua, pero la realidad es que tanto tu coche, amable lector, como el mío, no funcionan sin una generosa carga de combustibles siempre derivados del petróleo, y muy posiblemente los coches de tus hijos y los míos sigan el mismo mecanismo. También da que pensar que queden tantas importantes enfermedades sin que nadie haya logrado idear una vacuna efectiva ante ellas. Por no hablar de soluciones convincentes para los serios problemas que pueden tener personas con las más diversas discapacidades.


La respuesta a estas innumerables preguntas acerca del enfoque de los avances científicos la tiene, como siempre, el poderoso caballero don dinero. Por un lado, qué les voy a descubrir, las grandes empresas subvencionan los proyectos que a la postre conocen que todos los individuos empeñados en ir a la moda o en no ser menos que su vecino comprarán, usarán y recomendarán. Esos miles de euros que les pueda suponer la inversión para la nueva creación se transformarán en millones cuando el producto esté en todos los escaparates y la gente se pelee por tener el último modelo. Las ganancias serán descomunales, muy superiores a las que obtendrían financiando cualquier tipo de estudio sobre formas de mejorar nuestro medio ambiente o esas cosas tan bonitas para los cuentos infantiles pero tan poco productivas para ellas.


Pero aún hay más. En determinados casos es la poderosa empresa quien, después de que un científico loco se haya pasado media vida buscando soluciones contra el deterioro de nuestro entorno, se encargue de que ese proyecto no vea la luz, al menos de momento. O si no, díganme ustedes qué sería de las grandes empresas petroleras si de la noche a la mañana apareciera un nuevo modelo de automóvil que funcionara con agua del grifo. Tonto sería quien, por el mismo precio, se comprara un coche actual antes que este nuevo modelo, con el que ahorraríamos, a día de hoy, en el tiempo medio de vida de un vehículo, el importe necesario para comprar uno nuevo. Para evitar esto ya se encargan estas empresas de comprar los derechos de cada uno de estos proyectos. Mientras el petróleo no se extinga definitivamente, nunca verán la luz.


Por eso es mi firme deseo que la ciencia siga haciendo acto de presencia en nuestras vidas, siga dando pasos de gigante, pero que lo haga en todas sus direcciones, no solamente en aquellas aptas para el negocio. Porque, créanme, de buen seguro que con las grandes capacidades que han originado tal cantidad de inventos deberían aparecer otros tantos que este mundo necesita que salgan a relucir y no queden ocultos en las tenebrosas mazmorras de don dinero.

viernes, 16 de abril de 2010

Homenajes póstumos

Hace escasos días fuimos sorprendidos por el fallecimiento del célebre periodista deportivo Juanma Gonzalo, que en paz descanse. Francamente, aunque relativamente aficionado al deporte, no soy fiel devoto de ningún comentarista, presentador o tertuliano del mundo deportivo, pero ayer en escasa media hora de escucha radiofónica me capacitaron para poder redactar la biografía de este hombre. Que nadie quiera malinterpretarme, nunca una baja en nuestro mundo será motivo de felicidad para un servidor. El quid de la cuestión es la cantidad de alabanzas, elogios y piropos varios que recibió Juanma precisamente cuando ya no los podía escuchar.

No deja de resultar curioso, chocante y algo vergonzoso el hecho de que parezca requisito indispensable fallecer para que te sean reconocidos tus méritos. ¿Estratagema comercial abusando de la sensiblería del pueblo? Puede ser, juzguen ustedes mismos. Además, una copia de esta misma situación la pueden encontrar cada cierto periodo de tiempo. No hace mucho que también nos dejó uno de los genios de las letras hispanas de los últimos años, Miguel Delibes. No pierdan detalle este inminente día del libro. Su nombre aparecerá en prácticamente todos los actos que tengan lugar con motivo de esta jornada. Por supuesto, toda mención que se le haga estará totalmente justificada y merecida, nadie lo duda. Lo indignante es el hecho de que el homenajeado no pueda disfrutar y deleitarse con su propio homenaje. ¿Acaso no hubiera sido realmente hermoso que fuera hace doce meses cuando se reconociera públicamente el talento y el agradecimiento a don Miguel?

Todos sabemos sobradamente que en ocasiones apenas podemos prepararnos, pues la parca puede hacer acto de presencia cuando le plazca, incluso cuando los cánones indiquen que aún debieran faltarle algunos años o décadas. Admito que reconocer a una persona, digamos, de unos cuarenta años y que todavía se encuentra en plena facultad de ejercer su profesión puede parecer precipitado, aunque no veo ningún motivo por el que pueda considerarse así. Lo que realmente no concibo es esperar a rendir tributo a alguien que ya lo ha dado todo o que se puede intuir que está en su última fase de la vida. Desde aquí rogaría que si realmente se quiere agradecer a un personaje su labor, hagámoslo, si es posible, de forma que pueda sentirlo y disfrutarlo en sus propias carnes. Si, por el contrario, lo único que queremos hacer es un buen negocio aprovechándonos de la desgracia de alguien, entonces adelante, sigamos con los homenajes póstumos.

Incluso, para más cosas increíbles, es asombroso lo que le revaloriza a uno la muerte. Una vez no estás, te llueven una cantidad de agradables calificativos que posiblemente jamás escuchaste en vida. Tus logros se triplican y nadie se acuerda de tus fallos o tus deslices. Seamos serios. Si alguien se merece elogios a punta de pala por méritos propios, pues démoselos siempre, vivo o inerte. Y viceversa, si alguien ha sido un capullo integral en vida, no veo motivos para apiadarnos de él solamente porque ya no esté entre nosotros. Yo, por mi parte, sólo deseo que si realmente se me quiere agradecer algo que, dentro de mis posibilidades, haya podido hacer de bueno para otras personas, me lo hagan saber mientras mi cerebro no dé muestras de debilidad ni de apagón total. Yo, por mi parte, predicaré con el ejemplo y procuraré demostrar todo lo que tenga que reconocerle en vida a quien haya hecho algo por mí.

lunes, 5 de abril de 2010

Hablemos de educación (2)

Después de mis dos últimas entradas, tan livianas y políticamente correctas, y para evitar el riesgo de metamorfosearme en una cabeza cuadrada que acepta todo lo que le ofrecen y de que mis allegados familiares sospechen de mi correcto estado de salud mental, vuelvo a mis andadas críticas y sin piedad con un tema que ya traté y que conozco de primera mano: la educación.


Si bien en mi anterior ensayo me limité, que no es poco, a disipar cualquier duda sobre la más que evidente decadencia de la educación española, hoy pretendo indagar más profundamente y dar mi justificada opinión sobre los que considero los principales causantes de esta crisis tanto o más importante que la económica que estamos sobrellevando.


La idea de relatar estas líneas me vino tras los resultados académicos de la recién concluida segunda evaluación. Sin excesivo orgullo he de proclamar que conseguí batir mi más escandaloso registro personal: 20 suspensos en un grupo de segundo de ESO de 22 alumnos. Eso supone cerca del 91%. Y que nadie salte a llamarme ogro, abusón o destrozaniños, que lo desconcertante del asunto es que todos los profesores del grupo tuvieron registros similares y alguno alcanzó el cien por cien de calificaciones negativas. El resto de grupos no fueron tan impactantes comparados con éste, pero las diferencias no son tan abrumadoras como pudiera parecer. ¿A qué se debe esta hecatombe? Personalmente me atrevo a llenar de culpabilidad a dos aspectos de la vida de estos escolares que a continuación trataré de trasmitirles.


Hay una más que obvia evidencia (valga la redundancia), y es que a los adolescentes actuales les importan tres pimientos sus resultados. Ya apenas se ven jóvenes estudiantes agobiados por alcanzar ese ansiado cinco en determinada materia. A la inmensa mayoría les resulta indiferente suspender una que ocho. Esta dejadez, pienso, habría que achacarla tanto a los chavales como a sus progenitores.

Por una parte, es asombrosa la pasividad de algunos padres ante el más que austero futuro que se labran irremediablemente sus engendros. Cierto día tuve lo que pretendía ser una charla seria con uno de los miembros del irritable grupo que mencioné párrafos arriba, uno de estos chavales cuyas notas se escriben en lenguaje binario (es decir, a base de ceros y unos) y que tiene como objetivo primordial en sus visitas al centro de “estudios” el romper todo lo posible la relativa normalidad de una clase. Tras cientos de intentos frustrados de que aprendiera al menos a comportarse y, si fuera posible, a hacer la “o” con un canuto, cambié mi táctica e intenté incitarle a que dejara de asistir a clase y se dedicara a algo más provechoso (dejar claro que esta propuesta, según los demagogos que no han pisado en su vida un aula, es totalmente denunciable y digno casi de la pena capital, así que debe hacerse sin testigo alguno, cáptese la ironía). “¡Sí, hombre! Luego le llegan a mi padre todas las faltas y me infla a hostias”, fue su contundente respuesta. Mi réplica no se hizo esperar: “Y cuando le llevas todo suspenso, ¿no pasa lo mismo?”. “¡Qué va! Ya está acostumbrado”. Ante esa respuesta entendí que ese chico era un caso más que perdido y que no había lugar humano por donde agarrarlo. Nos guste o no, la mayoría de nosotros, los que hicimos unos estudios primarios y secundarios medio decentes, sentimos decenas de ocasiones la fuerte tentación de no hacer los deberes o abandonar un examen, y al final los deberes quedaron realizados y el examen preparado gracias a que, de una manera u otra, intervino nuestro padre o madre, bien con amenazas, bien con premios, bien con cualquier otra artimaña. Actualmente a la mayoría de los padres les resbala olímpicamente lo que hagan sus hijos en clase. Se limitan a dar a colegios e institutos un uso de guardería o parking, un lugar donde retener a su prole para que no les molesten en casa o, si en la vivienda familiar no hay nadie por las mañanas, para evitar que estén en la calle, no se vayan a resfriar los pobres. En fin, con estas premisas ya se imaginan el futuro de estos desamparados.


Por otro lado, si en algún colegial se vislumbrara un punto de cordura, tenemos a la televisión para encargarse de borrarlo fulminantemente. Si un chico de, pongamos, quince años se sienta unos segundos a pensar en su inmediato futuro y se llega a acongojar mínimamente, basta con que conecte la caja tonta (que por algo tiene ese apodo) y tendrá la vida resuelta. Hay mil maneras de ganarse la vida que no pasan por estudiar y ser responsable. Podemos entrar en una academia donde asombrosamente te enseñan a cantar o bailar en cuatro meses y hacernos artistas profesionales. Podemos entrar en una casa aislada del mundo otros tantos meses y, además de una prima inicial de varios miles de euros, hacernos periodistas. Podemos, incluso, esperar a que vengan los ojeadores del Real Madrid asombrados por nuestra calidad futbolística y nos ofrezcan un contrato similar al de cierto jugador portugués. Y en un caso extremo siempre nos queda la posibilidad de infiltrarnos en la cama de algún famoso o famosa y, a raíz de esa proeza, dedicarnos a pasear por platós televisivos demostrando nuestra capacidad de volumen en lo que parecen concursos de griterío.


Resumiendo, para no aburrir a mis leales lectores. Los chicos de esta edad necesitan algún estímulo para avanzar correctamente en sus estudios. Si ese incentivo no se encuentra en la sociedad o en la televisión, debería encontrarse en el ámbito familiar. Si no existen esos incentivos, apaga y vámonos, pues ese desdichado adolescente está predestinado a ser carne de cañón de por vida. Puede que haya quien piense que exagero. No negaré que he generalizado, que a veces se dejan ver alumnos con un grado de responsabilidad aceptable o padres realmente implicados, pero créanme si les digo que ni unos ni otros superan el veinte por ciento del total. En cualquier caso el tiempo, por desgracia, el tiempo me dará la razón. Hablemos si no dentro de quince años. Hasta entonces, buena suerte.

martes, 30 de marzo de 2010

A mi hermano

Buscando un blogger amateur como yo una forma barata y cómoda de promocionar su humilde rincón en la red recurre inicialmente al ámbito familiar. Ése fue mi caso. Hace ya dos meses que nació este cuaderno de bitácora y, cual padre orgulloso de su recién nacido, fui a mostrar a mis familiares más informatizados mi creación. He de admitir que la recepción de mis ilusionados ensayos fue anímicamente correcta, que para eso está la familia, salvo por parte de mi hermano. No en vano, hace apenas una semana surgió de la nada el tema durante una conversación fraternal, durante la cual recibí la siguiente intencionada puñalada verbal por parte de mi pariente: “¡Macho, mira que lo he intentado varias veces pero no consigo terminar de leer ninguna de las entradas de tu blog!”. El curioso motivo alegado fue la supuesta dificultad de mi lenguaje, las complejas estructuras que, según él, abundan entre estas líneas. Mi propósito del día es lograr que mi querido compañero de padres sea capaz de leer al menos una, sólo una entrada de este sufrido blog.


No te alarmes, hermano, que si escapa de mis manos algún vocablo que pueda suponerte cierta complejidad te anotaré inmediatamente su significado para ahorrarte la aconsejable molestia de hojear un diccionario. Por otra parte, he de admitir que tu comentario me deja ciertamente atónito (= pasmado o espantado de un objeto o suceso raro), pues tú, al igual que quien te habla, eres un admirador ferviente (= que hierve) de las poesías urbanas de ese maestro de la palabra que es Joaquín Sabina. Además, sinceramente, aunque uno intenta exprimir su destreza (= habilidad, arte) hasta que sus neuronas se lo consienten, creo que mis textos nunca estarán a la altura de, por ejemplificar, don Gabriel García Márquez. En cualquier caso, te envío desde estos párrafos un consejo tan práctico como poco original, y es que te aficiones al noble arte de la lectura. De buen seguro que cuando tus ojos se adapten a giros y metáforas diabólicas, seguir estas palabras te resultará de lo más viable (= que, por sus circunstancias, tiene probabilidades de poderse llevar a cabo). Si requieres (= necesitas) consejo, eres buen conocedor de que en tu propia familia, que es la mía, existen buenos lectores que te podrían orientar por el camino del buen hacer.


¡Ánimo, hermano, que ya llevas la mitad del todo! Realmente no me quedan excesivos asuntos por tratar. Eso sí, es mi deseo dejar constancia a todos mis fieles navegantes y bucaneros (= piratas de los siglos XVII y XVIII) que no es mi dedicado del día un sujeto inculto. Puedo jactarme (= alabarme presuntuosamente = alabarme con demasiada confianza) sin temor a errar de tener una familia de un nivel racional más que aceptable. Simplemente la divergencia (= diferencia) entre nosotros es de estilos. Si bien Odiseo se considera más clásico, más aficionado a culturizarse a través de la lectura de obras inmortales o la visualización de filmes (= películas) que perduran en la memoria, la otra mitad de la descendencia familiar tiene tendencia a basar sus conocimientos en cuestiones más populares, a través de la lectura de noticias, comentarios de la calle y otras ramas que, sin menospreciar, no eximen (= libran de obligaciones) de la otra rama de la cultura.


Bien, si has conseguido alcanzar este último párrafo prácticamente se puede dar por hecho que conseguí culminar con triunfo mi meta. ¿A que no ha resultado tan virulento (= maligno, ocasionado por un virus)? Ahora te animo con mis extenuadas (= debilitadas) fuerzas a que eventualmente (= incierta o casualmente) visites mi hogar virtual que, si bien aún es diminuto y frágil, promete desarrollarse y crecer cual tetraclinis articulata (ésta no te la digo), y espero que compartas esa evolución y seas parte activa en ella. Y aunque no debes acostumbrarte a estas definiciones entre líneas, te aseguro que si te enganchas a mi aventura, en breve tiempo te serán totalmente redundantes (= que sobran en un determinado contexto) ¡Nos vemos, mi fiel navegante!

jueves, 18 de marzo de 2010

Cinco minutos

Hasta el más crítico entre los críticos se cansa a veces de buscar siempre la parte negativa de esta vida, de resaltar todo lo mejorable que nos rodea, y siente el poderoso e irremediable deseo de hablar, aunque sea excepcionalmente, de algo agradable, con gusto, algo de lo que se pueda dialogar sin indignación ni rabia. Siendo este mi caso hoy, les anuncio que mi intención en el presente ensayo es ni más ni menos que rendir un sincero homenaje.

Quien me conozca un poco, aunque sea por mis textos, sabrá que no tengo la menor intención de rendir tributo a ningún personaje harto de elogios mediáticos o sociales. Es más, no pretendo alabar a ningún ser humano, por más o menos conocido que sea. Mi propósito es reconocer como se merece un momento que apenas tiene consideración por el hombre de a pie. Mi humilde homenaje va dedicado a esos cinco minutos que transcurren inmediatamente de que nos hayamos despertado con el maldito timbre de nuestro reloj de mesilla, ese glorioso espacio de tiempo en que nos preparamos mentalmente para librar nuestra particular batalla diaria.

No encuentro palabras para describir esa contradictoria sensación que nos produce ser conscientes, por una parte, de que finalizó nuestro periodo de descanso corporal, y por otra, recordar que pusimos la alarma con la suficiente antelación como para permitirnos seguir tumbados cinco minutitos más en nuestro lecho. Sí, es cierto, transcurridos esos minutos habremos de incorporarnos, saludar al nuevo día y encarar no sin cierta pereza todos los problemas que nos deparará la jornada. Pero esos trescientos segundos son única y exclusivamente para deleitarnos, para saborear el hecho de estar despiertos pero recostados y, quizá, con los párpados aún tapando nuestras pupilas.

Y no se piensen ustedes que ese periodo de tiempo es meramente de meditación y asimilación, qué va. Es un momento perfecto también para completar nuestros inacabados sueños. ¡Cuántas veces nos ha abandonado Morfeo justamente cuando nuestro sueño se encontraba en su desenlace final y apenas con un par de escenas más quedaría íntegro! Creo que es sentimiento común la sensación de anhelar retomar nuestro letargo con la intención de proseguir el sueño por donde se nos cortó, cual si de una película detenida por el botón de pausa se tratara. Por desgracia sabemos que esto no suele ocurrir, por lo que es opción recomendable concluir a nuestra voluntad la aventura en la que estábamos envueltos de lleno, opción para la que vienen que ni pintados nuestros cinco protagonistas del día.

Si, por el contrario, el sueño en que estábamos enfrascados no nos resultó excesivamente agradable y más bien nos ahogábamos en una temible pesadilla copada de malvados monstruos, despiadados asesinos, violadores, políticos o suegras, son imprescindibles esos homenajeados minutos para retomar el titubeante aliento, cerciorarse de que la pesadilla había sido tal y ser capaces de ponernos en pie sin que ese inquietante temblor corporal siga azotándonos. Cinco minutos y como nuevos.

No hay más que recordar la que solía ser nuestra primera frase de cada día durante nuestra inocente infancia. “¡Cinco minutos más, por favor!”, le decíamos a nuestra madre cuando se desesperaba por lograr que alcanzáramos la escuela a la hora convenida. Hoy, adultos y un poquito más responsables, seguimos precisando de ese breve tiempo para reaccionar. ¡Benditos minutos!, ruego a las más altas divinidades que nunca nos faltéis, que seáis nuestros fieles compañeros matutinos y que jamás permitáis que nos veamos obligados a incorporarnos de la cama a la hora exacta en que la noche anterior fijamos nuestro despertador.

jueves, 11 de marzo de 2010

Día internacional de...

Con los restos del día internacional de la mujer trabajadora aún colgando en nuestras cabezas me dispongo a tratar sin piedad alguna por mi parte el asunto de este tipo de jornadas tan atractivas ante los ojos del pueblo. Eso sí, voy a adelantarme a posibles malvados ojos clavados sobre mi ser proclamando a los cuatro vientos mi total respeto y apoyo a las féminas trabajadoras, a la igualdad de oportunidades entre sexos y, en general, a la mayoría de temas destinatarios de este día propio en el calendario. Mi feroz crítica nunca irá dirigida a ellas, ni a la lucha contra el SIDA, ni a las madres y padres del mundo. El único destinatario de mis disquisiciones es ese momento, esa fecha con nombre y apellidos que nos recuerdan sin cesar todos los medios de comunicación durante una semana a la redonda.


Aparece ahora en mi memoria una curiosa escena transcurrida hace justo una década, en el año 2000, año que fue declarado, no sé por quién, el año mundial de las matemáticas. Siendo yo pleno estudiante de esa licenciatura, me resultó inevitable sentir cierta infantil ilusión a causa de estar metido de lleno en la materia de moda en todo el planeta. Pero lo anecdótico y lo que grabé en mis recuerdos universitarios fue la sentencia de un veterano profesor que por ese entonces impartía en mi grupo Topología de superficies. “Cuando se dedica un día internacional a algo, es que ese algo va mal. Pues imaginaos cuando se dedica un año entero”, fueron sus palabras con las que zanjó cualquier tipo de debate.


Por desgracia, tenía mucha razón. Estos cansinos “días de” no son más que intentos desesperados de sacar a flote algo que se hunde irremediablemente hasta las profundidades abismales. Pero, como en casi todo en esta vida, la solución rápida y directa suele ser siempre la más ineficaz y propensa a rehacer el problema, en ocasiones hasta con mayor intensidad. No me pueden negar que, en su etapa estudiantil, acudieron ustedes a algún que otro examen sin más preparación que la adquirida la tarde anterior. Los resultados solían ser o nefastos en cuanto a nota se refiere, o aceptables en este sentido pero nulos en cuanto a conocimientos asimilados, pues se olvidaba todo escasas horas después de finalizar el control. (Hoy en día esas cosas son impensables. Actualmente la juventud no estudia ni siquiera esa tarde). Esto no es más que una pequeña muestra de mi tajante afirmación: las soluciones rápidas y momentáneas nunca llevan a buen puerto.


Como les decía, soy el primer partidario de luchar por conseguir la igualdad total entre hombres y mujeres, pero lo que me indigna y califico de vergonzoso es que desde los altos cargos se nos pretenda hacer callar con un simple “día de”. No me quedaré convencido de que se está trabajando en esto hasta que no se comience a tratar el problema desde su raíz, con una buena perspectiva a largo plazo. Personalmente no tengo prisa. Esta desigualdad data de varios miles de años, así que puedo esperar pacientemente algún año más si la finalidad lo merece, pero es preciso visualizar un camino correcto. Jamás verán un corredor de maratón esprintando durante los primeros kilómetros, sería del género idiota. Lo importante es mantener un ritmo adecuado y constante para alcanzar firmemente el ansiado final. El problema es que ahora mismo lo que yo veo son días de acelerones alocados, pero luego meses de irremediable inmovilidad, y así difícilmente cruzaremos la línea de meta.


Sé de buena fe que no se puede acabar con estas llamativas y publicitarias jornadas de un plumazo, y no voy a negar que es digno de elogio recordar durante veinticuatro breves horas aspectos ciertamente relevantes del mundo en que nos toca vivir, pero más elogiable aún sería si tuviéramos esos mismos conceptos presentes durante todo el año y lucháramos por ellos por nuestra propia voluntad, sin que una inscripción bajo la fecha de nuestro calendario de pared nos ordene cómo hemos de actuar durante la consabida jornada.

sábado, 6 de marzo de 2010

Acostumbrado a las costumbres

¿Se deben respetar las tradiciones? El contestar a esta pregunta, afirmativa o negativamente, de buen seguro haría engordar notablemente mi círculo de enemigos íntimos. No obstante, el objetivo primordial de este breve artículo no es otro que defender la posibilidad de someter a crítica estas costumbres. Está lejos de ser justo el hecho de que una tradición, por el mero hecho de llevar a cuestas esa etiqueta, se vea exenta de juicios y valoraciones objetivas.

Pondría la mano sobre una ardiente llama de fuego al afirmar que más de uno de mis afables lectores, con únicamente este escueto párrafo, ha atraído a su mente inquieta la imagen de cierto animal, al cual muchos se asemejan en las fotografías cuando tienen tras de sí al bromista de turno, y la despótica manera que se tiene de hacer de él carne de cañón. Tampoco dudo que si le dedican unos breves minutos a la búsqueda de ejemplos costumbristas no faltarán en sus respuestas días de celebraciones diversas, que se dirían nuestras únicas oportunidades de demostrar nuestro afecto a seres allegados, o problemas de capacidad bucal cuando nos proponemos ingerir en tiempo record una docena de diminutas frutas al comienzo de cada esperanzador año. En fin, una importante cantidad de ejemplos que podría detallar, mas optaré por no infringir sopor al personal, amen de otras tantas ilustraciones que el abandono momentáneo de las musas hace que no recuerde.

Si bien estos ejemplos probablemente estén aceptados por todos como tradiciones, es mi deseo profundizar un poco más, alcanzar un nivel superior y reflexionar sobre usos que quizá no denotaríamos como tradiciones, sino más bien como costumbres o hábitos, y tal vez ese es el motivo de que originen menos polémica que los anteriormente mencionados. Debo aclarar que no estoy haciendo referencia a rutinas personales, las pequeñas manías de cada uno de las que cada cual es dueño y que son realmente las que nos definen como personas. Mi intención es referirme a formas de actuar aceptadas por la inmensa mayoría y nunca sopesada su practicidad. Para mayor claridad les intentaré ilustrar con el ejemplo que originó en mí la idea de tratar este asunto.

¿Se han preguntado en alguna ocasión por qué utilizamos numeración romana para los siglos o para la ordenación de reyes y papas? Si se examina con detenimiento, los números romanos, en la práctica, son considerablemente menos útiles que nuestro sistema actual, el arábigo. Por cierto, permítanme este minúsculo paréntesis para corregir esa nomenclatura, pues si bien nuestros números actuales fueron tomados de los árabes, no fueron ellos sus inventores, sino que se limitaron a introducirlo en occidente aprendido en la India.

Les decía que este sistema de escritura numérica es francamente inútil y engorroso. Por un lado, tenemos la notable desventaja, más aún cuando solemos ser fieles seguidores de la ley del mínimo esfuerzo, de la elevada longitud, en ciertos valores, del sistema de letritas con respecto al de nuestros diez dígitos. ¿Acaso no nos produce una inmensa pereza pensar que hemos de referirnos al papa de mitad del siglo XX (¡otra vez los dichosos caracteres romanos!) como Juan XXIII, siendo más breve Juan 23? Por no hablar cuando deseamos conocer el año de edición de un libro con cierta antigüedad y hemos de poner los cinco sentidos en interpretar que la serie MCMXLIX hace referencia al año 1949.

Por otra parte, si alguna vez han sentido la picante curiosidad de intentar sumar dos cifras en la notación que nos atañe se darán cuenta inmediatamente de que lo más cómodo es traducir a nuestro sistema actual y realizar la adición como los enseñaron nuestros adorados maestros en nuestra más tierna infancia. Sin entrar en detalles muy rigurosos, simplemente diré que el motivo de esta dificultad reside en que no estamos ante un sistema de numeración posicional. Dicho de otra forma, cada carácter romano tiene siempre el mismo valor se ubique donde se ubique, mientras que en nuestros incomprendidos números arábigos el símbolo 5 puede significar cinco, cincuenta, quinientos… dependiendo si se encuentra en el último, penúltimo o antepenúltimo lugar. Esto, que así dicho puede parecer enredoso, es la ventaja fundamental de estos números y la culpable de que los algoritmos de las operaciones aritméticas elementales estén al alcance de todos.

Resumiendo, que no quisiera centrarme en un único ejemplo habiendo tantos donde elegir, simplemente quiero defender el derecho a que todos nuestros hábitos generalizados sean sometidos a juicio y, si no logran superar la prueba de la practicidad, sean suplantados de inmediato, mal nos pese en el aspecto sentimental y nostálgico.