jueves, 3 de septiembre de 2015

De moda en moda


Todo el mundo sabe lo que es ir a la moda. Es más, casi todo el mundo sabe lo que en una determinada época, más larga o más corta, está de moda, mundialmente, nacionalmente o simplemente en tu ciudad, barrio o calle. Y si no se conoce, no resulta demasiado complejo averiguarlo: salir a la calle, ver la televisión, mirar los carteles publicitarios de la carretera, pasearse por las tiendas, escuchar discretamente las conversaciones vecinales… Hop, en escasos minutos podemos haber recapitulado perfectamente una importante montaña de objetos, personas, estilos que están in, como se dice ahora. Así pues, quien realmente desea estar a la moda no lo tiene demasiado difícil.
La pregunta que se hace este humilde navegante no es la que puede parecer tan evidente, esto es, si debe uno esforzarse por estar al día o debe seguir sus propios gustos de forma subjetiva sin verse influenciado por los de sus amigos, familiares o compañeros. Mi respuesta, por no dejar lectores ávidos de conocer un poco más a quien les escribe, sería sin duda la segunda, pero insisto que no es el tema a tratar en esta entrada. La pregunta es, ahí va de una vez por todas, ¿cómo surgen las modas? O más bien, ¿quién decide lo que está a la última y lo que no?
Personalmente se me ocurren dos posibles opciones, más las que posteriormente nazcan de una adecuada síntesis de ellas, dando mayor peso a la que se considere. Tal vez una determinada moda la imponga un grupo de gente, un número de personas, mayor o menor en función de la extensión terrestre donde se pretenda instaurar, que bien por previo acuerdo o bien por el caprichoso azar, deciden coincidir en un determinado aspecto de su imagen, de sus gustos o de su estilo de vida. Tal vez, sería la otra opción, alguien con el suficiente poder como para manejar ciertos medios de comunicación o empresas con acceso a un importante público sea quien decide que tal objeto o tal manera de actuar sea la que deba triunfar en los próximos meses. Tal vez, como mencioné más arriba, sea una combinación entre ambas posibilidades previamente ponderada.
Si me permiten expresar una opinión completamente subjetiva, mi síntesis tendría un porcentaje bastante mayor, digamos como un ochenta, de la segunda posibilidad y un veinte de la primera. Me baso para decir esto en que, si bien las casualidades están ahí y pueden dar alguna que otra sorpresa, no me parece excesivamente probable que tanta gente sienta predilección por algo simultáneamente en el tiempo. Se me viene con estas palabras un caso a la mente, una película de animación que, personalmente, su visualización me dejó “congelado”. Confío en que el avispado lector sepa deducir el título del filme sin obligarme a hacerle una publicidad tan gratuita como innecesaria. En cualquier caso la idea que pretendo transmitir es que la calidad de esos dibujos no se me antoja ni de lejos acorde a la inmensidad de productos que a día de hoy son acompañados con las imágenes de sus protagonistas. Obviamente para gustos los colores, pero a mi escéptica mente le cuesta horrores aceptar que millones de infantes en todo el ciego planeta se hayan puesto de acuerdo en admirar y apostar por estos personajes. Más bien mi abstracto y a veces retorcido cerebro tiende a priorizar la posibilidad de que, viendo que el filme, aunque esta opinión es extrapolable a cualquier otra obra o característica, ha tenido un relativo aunque no desmesurado éxito, algún ingenioso visionario y genio de los negocios se haya propuesto inculcar al resto de jóvenes, aquellos a los que la película tampoco es que apasionara, la sentencia de que si no se hacen con sus pegatinas, camisetas, platos, bragas y calzoncillos, cepillos de dientes, carpetas, fundas para la tablet, comida para el perro y cordones para los zapatos, digo, si no poseen todo eso se encontrarán fuera de la onda, sus compañeros los rechazarán por bichos raros, quedarán marginados, nadie hablará con ellos y acabarán el resto de sus días solos sin una triste alma en pena que los entienda.
Me he tomado la licencia de ejemplificar mi tesis con el género juvenil por ser considerado más moldeable y asequible al engaño, pero aquellos que sobrepasan ya la mayoría de edad, ya sea con mayor o menor margen, no están exentos de estos bombardeos, y si es así es porque ese acoso suele venir acompañado de resultados más que satisfactorios.
Un par de conclusiones para poner la guinda a esta entrada. En primer lugar, desear sin demasiada esperanza que los peces gordos nos dejen escoger lo que nos atrae y lo que no sin condicionamientos. En segundo, si mi teoría tiene algo de cierto, cualquier cosa se podría poner de moda con la suficiente inversión. Es decir, que si algún magnate con suficiente poder tuviera interés podría convertir este humilde blog, cuyo número medio de visitas diarias omitiré porque mi escaso sentido del orgullo me impide dar ese ridículo dato, en uno de los portales virtuales más visitados a nivel nacional. Ahí lo dejo caer.

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