viernes, 19 de agosto de 2016

Pendiende del dependiente


Supongo que quien más o quien menos todos ustedes habrán oído hablar de la ley de Murphy. Sí, esa misma, esa que afirma que si algo puede salir mal, saldrá efectivamente mal, o en su versión concreta más afamada, que si una tostada se te cae al suelo siempre caerá dejando hacia abajo el lado de la mantequilla. A raíz de ahí se han divulgado una inmensidad de otros casos particulares de esta regla. Permítanme enunciar uno con los que más me siento identificado, al que sarcásticamente han llamado principio de Aspirino, y que viene a decir que cuando se abra la caja de un medicamento siempre se hará por el lado donde está el prospecto. Pues bien, deseando que no exista algo similar, hoy me tomo la libertad de enunciar otro nuevo caso de esta ley, el que voy a llamar principio del dependiente: si entras a una tienda con la simple intención de mirar o echar un ojo, se te vendrán encima varios dependientes ofreciéndote su ayuda y preguntándote de todo; sin embargo, si vas necesitando a alguien de la empresa para realizar una consulta, no habrá nadie hasta donde te alcance la vista o si los hay estarán ocupados y con algún otro cliente indeciso que no lo soltará hasta pasados varios minutos.
Lo sé, es un enunciado demasiado largo, eso tengo que perfeccionarlo, pero creo que la idea está clara. Si acaso soy el único al que le ocurre esta curiosa circunstancia rogaría a mis amables lectores que me lo hicieran saber, pero no creo ser alguien tan excepcional y especial. Y, la verdad, no sé cuál de las dos partes del principio del dependiente me resulta más molesta, si la de ser avasallado cuando quiero recrearme en mi desinteresado ojeo por la tienda o la impotencia de no conocer algún dato de ese producto de mi interés y no dar con alguien a quien consultárselo.
Por una parte, ¿quién no ha cruzado alguna vez el umbral de un establecimiento con la intención de, o bien solamente mirar, o bien estudiar concienzudamente los detalles de las distintas opciones que podrían satisfacerle? Especialmente cuando de algo cuyo coste económico no es precisamente insignificante, a muchos nos gusta meditar nuestra elección y no comprar sin más la recomendación del interesado vendedor ansioso de una suculenta comisión. Incluso en ocasiones, cuando el esclavizador reloj lo permite, aguardamos disimuladamente a escasos metros de la entrada esperando a que se nos adelante alguien que nos sirva para entretener al dependiente. Pero ni con esas. O bien surgirá como de la nada un segundo vendedor que aniquilará nuestro estratégico plan o, tal vez, el encargado que habíamos dejado ocupado con nuestro predecesor apenas ha estado unos segundos con él y no nos da opción a recrearnos. Al final, no sin cierto sentido de la culpabilidad, hemos de decirle que solamente queremos mirar o que debemos meditar un poco más nuestra opción. Lo normal es que de esta manera se aleje unos metros de nosotros, no sin antes recordarnos su próxima presencia para lo que gustemos, pero ya no podremos evitar sentirnos vigilados y coaccionados en cada uno de nuestros movimientos.
Por otra parte tenemos esas situaciones en las que nos es vital el apoyo de algún experto que domine el tema sobre el que estamos investigando. ¿Dónde diablos pone si este maldito microondas tiene función de grill? Leídas las seis caras de la cúbica caja no se ha resuelto la duda. Preferiría no hacerlo, pero la necesidad impera a que busque a algún vendedor, aún a riesgo de que me confirme que sí que lleva grill pero que me recomiende otro modelo, casualmente más caro pero infinitamente mejor. Giro a la derecha, giro a la izquierda, nadie del local. Busco por los pasillos contiguos, sigue sin haber nadie con la placa o el uniforme de la tienda en cuestión. Por fin, casi en el otro extremo del almacén diviso un trabajador de la empresa. Porca miseria, está ocupado con una indecisa pareja que no es capaz de decantarse entre un bolígrafo de punta fina o de punta gruesa. Espero a que acaben situado de brazos cruzados a un metro y medio y con gesto que denote evidentemente que necesito de su colaboración. Al fin la dubitativa pareja se decide y puedo interrogar al dependiente sobre el dichoso microondas. “Lo siento, caballero, pero yo no soy de esa sección. Váyase allá y enseguida le mando a alguien de esa zona”. Resignado obedezco mientras miro impaciente mi reloj de pulsera y hago mis cábalas sobre si seré capaz de llegar a casa a la hora del partido.
Evidentemente se han exagerado ligeramente las situaciones, pero de forma más o menos pronunciada es lo que suele ocurrir en un elevado porcentaje de las ocasiones. Desde mi limitada mente sólo se me ocurren dos explicaciones con cierta coherencia. La primera, la justificación más socorrida de la historia, es echarle la culpa a la suerte, pensar que todo es fruto de un capricho del azar. La segunda, que estos honrados trabajadores, ora por su preparación, ora por la experiencia, tienen desarrollado un sexto sentido por el cual intuyen con cierta efectividad en qué condiciones entra cada posible cliente. Los que entren como se ha descrito en el segundo caso necesitan al vendedor, así que no hay prisa en atenderlos, esperarán casi lo indecible con tal de aclarar sus ideas; sin embargo los del primer caso pueden salir del local en cualquier momento con las manos vacías, así que hay que abordarlos de inmediato, no se vayan a escapar vivos.

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