martes, 30 de junio de 2015

Adiós, Calipso

Es curioso. Cuando, hace ya quién sabe cuánto, decidí embarcarme en este viaje literario y virtual y adopté al héroe griego Odiseo como pseudónimo por su valentía de enfrentarse a los dioses, por su ingenio y por su casi eterno viaje por aguas del Mediterráneo, cómo iba yo a suponer que ahora, un lustro después, iba a hacer su aparición una nueva y curiosa similitud. ¿Conoce usted, amable lector, lo que le sucedió a Odiseo con la maga Calipso? Sí, Calipso, aquella ninfa radiante de belleza que un buen día engatusó a este viajante y lo retuvo durante varios años en su isla sirviéndose de sus encantos y de otro buen manojo de placeres materiales y espirituales. No me siento con el aplomo suficiente como para culpar a Ulises, por utilizar su variante latina quizá más conocida, por haber abandonado su interminable travesía plagada de obstáculos y haber cedido a ese amplio y, por qué no, merecido receso. Pero el viaje debía continuar. La Odisea merecía, sin duda, un final más hollywoodense y así nuestro admirado Odiseo prosiguió su marcha hacia su Ítaca natal.
Quizá, querido lector, no sea usted tan sumamente observador como para percatarse de la titánica diferencia temporal entre la anterior entrada y la presente, y no le culpo, creo que no llegué a dejar a tantos fieles apartados tras sucumbir a Calipso. Eso sí, si bien puede no ser observador, de buen seguro que es usted lo suficientemente curioso como para haber hecho ya ese cotejo de fechas y haber podido de tal forma corroborar que no tendría yo ningún derecho a culpar al bueno de Odiseo de su alto en el camino.
Pues así me encuentro, pretendiendo emular a mi idolatrado personaje, con la firme intención de retomar también mi odisea literaria, de seguir navegando por los mares de la mente y de la ilusión. ¿Que qué me ha hecho querer retomar este aislado y abandonado proyecto ya casi olvidado? No lo sé. Quizá una situación, una frase, un pensamiento, una persona, un gesto, un sonido, una canción, un sentimiento, una imagen. Qué más da. ¿Realmente es necesario un motivo para levar anclas y otorgar al viento permiso para que me sumerja de nuevo en las aventuras que el destino me tenga reservadas?
Allá vamos de nuevo, pues, girando el timón hacia un incierto destino, quién sabe si para llegar a Ítaca, si para seguir deambulando por la inmensidad marina, o si para avanzar escasas millas y desembarcar en alguna isla vecina tentado por la diosa de turno, quedando de nuevo mi pequeño rincón de la red dejado de la mano de Zeus. El tiempo, ese eterno curandero, lo dirá.

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