viernes, 3 de julio de 2015

Idolatrías varias

¿A quién pretendo engañar? Nadie puede negar que a todos nos reconforta sentir en nuestras propias carnes la admiración de propios y extraños. Pero, dado que recibir elogios de gente más allá de nuestro cercano prójimo suele ser harto difícil y estar solamente al alcance de una selecta minoría, escasas veces merecedora y en la mayoría de casos más fruto de un bombardeo mediático que de méritos reales, el más amplio abanico de los mortales hemos de conformarnos con la admiración de aquellos que nos rodean. En cualquier caso, aunque provengan de nuestros progenitores, del vecino del cuarto o de aquel envidioso compañero de trabajo cuyo fronterizo comentario puede parecer rayar el sarcasmo, la realidad es que un cariñoso halago siempre sienta bien.
En mis no demasiado abundantes años como docente reconozco haber sido frecuente objetivo de comentarios halagüeños provenientes tanto de mis (a veces) adorables pupilos como, incluso, de sus propios padres. No voy aquí a relatar todas y cada una de las muestras de cariño recibidas (aunque reconozco que sería un aceptable empujón para mi, en ocasiones malherido, ego), pero, como dice la canción, hay que dejarse querer. No me son extrañas reflexiones como “eres el mejor maestro que he tenido”, “contigo me están gustando las matemáticas”, “profesor, eres mi ídolo”, …
¿Ídolo? ¡¡¿¿Ídolo??!! Blip, blip, blip, alerta roja, salió a relucir la palabra maldita, ese vocablo al que temo como al mismísimo demonio. Aún desde mi ateismo diré que Dios me libre de convertirme en ídolo de nadie. Y no, créanme, porque no me guste que se me reconozcan mis méritos, pero de ahí a convertirme en ídolo de nadie hay una diferencia más que abismal. Quiero fervientemente pensar que los adorables alumnos que me dedican en ciertas ocasiones (tampoco tantas, no se crean) esas emotivas palabras no están asumiendo en su totalidad el concepto de ídolo, es decir, el de esa persona a la cual deseas asimilarte hasta en el más ínfimo detalle. El razonamiento lógico guión deductivo guión matemático es bastante elemental: yo no soy perfecto, pero toda persona debería tener la obligación moral de, aún asumiendo que la perfección no existe, acercarse lo máximo posible cual línea del horizonte. Por tanto, ¿qué interés debería tener nadie en parecerse a alguien que no es perfecto (de hecho, en mi caso alguien que está bastante lejos de este estado idílico)? Contradiría la premisa anterior de deber buscar la perfección. Conclusión, una de dos, o bien tengo alumnos excesivamente poco ambiciosos que dan por bueno parecerse a un ser que, con ciertas virtudes, no deja de ser un manojo de defectos, o bien, opción que quiero creer, su concepto de idolatría no es tan amplio y solamente hace referencia a algún aspecto de mi persona.
Me he permitido la licencia de ejemplificar mi opinión sobre la inconveniencia de las idolatrías con mi persona, pero mi comentario se hace perfectamente extrapolable a cualquier otro ser. Permítanme proponerles otro ejemplo bastante más extremo. Si alguien pudo reunir las características necesarias para convertirse en ídolo, al menos parcial, de los matemáticos del mundo, ese fue, sin duda, Gauss. Sin entrar en detalles sólo les diré que hizo méritos más que suficientes para ser considerado el príncipe de los matemáticos. Ahora bien, por lo que se ha escrito sobre él parece ser que su actitud siempre fue bastante prepotente y chulesca y que incluso antepuso sus trabajos matemáticos a una gravísima enfermedad de su esposa. Por tanto, ¿qué interés podría tener yo, como matemático y gran admirador del trabajo de Gauss, en convertirme en un chulo insensible? Francamente, ninguno.
La conclusión, así pues, creo que resulta sencilla. Como idolatrantes, no idolatremos personas, idolatremos algún aspecto de ellas, alguna faceta, algún trabajo, pero no a ellas, pues de buen seguro tendrán defectos; y como idolatrados, quien tenga la suerte de serlo, no pretendamos ser admirados por todo lo que hacemos, no ocultemos nuestros defectos y procuremos reorientar a aquellos posibles admiradores que quieran formarse a nuestra imagen y semejanza.

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